rase que se era, en un país no muy lejano, una joven y alegre princesa de ojos verdes y miopes, con rizos castaños y despeinados.
Casó un buen día con un noble y apuesto príncipe, que no se ajustaba al canon de príncipe al uso, de corcel blanco y brillante armadura, sino que él era más bien de los de camiseta de QUEEN y Renault 9 gris. Era de esa clase de príncipes que se desvivía por hacer feliz a su mujer. Y eso era precisamente lo que nuestra princesa quería, que la tratasen como a una reina, pues no se veía lustrando armaduras con Sidol ni limpiando caca de caballo.
Se casaron, pues, y se dedicaron a la labor de traer herederos al reino. El primero no tardó en llegar, y con él el ALARMISMO de algunos lugareños, expertos en meter miedo en el cuerpo a embarazadas y madres primerizas, agoreros infames que todo lo pintaban negro con sus errados y funestos vaticinios.
Al nacer el segundo vástago, tuvieron que lidiar también con los charlatanes que intentaban colarles las TRAMPAS de la maternidad: que si tenía que recuperar la figura cuanto antes, que si tenía que dejarles llorar, que si los hijos no podían interferir en su vida, que si no podía estar todo el día con la teta fuera como las gitanas, que si no podía dormir con ellos, que si no podía bañarse con ellos, que si no podía quedarse en casa con ellos... y ante tanta imposición absurda, tantos "tenía que" y tantos "no podía", dejó aflorar toda su INDIGNACIÓN, y en el más puro y refinado GALLEGO espetó un clásico "Manda carallo!", acompañado de un golpe en la mesa con su zapato de cristal. Tal arrebato, impropio de una princesita de bien, no fue del agrado de las otras princesas de la región, que se alejaron entre sofocos, aspavientos, y juramentos de o sea, jamás de los jamases se iban a volver a juntar con ella, por retrógrada, anticuada, o sea, intolerante, mujer OBJETO, respondona, y -lo peor de todo- ZARRAPASTROSA. Que así nunca iba a salir en las portadas de las revistas del KIOSCO, ni figurar en el top ten de madres fashion y buenorras.
Prosiguió, pues, nuestra princesa -junto con su amado príncipe, obviamente- en su tarea de poblar el reino con futuros caballeros de pro, leales y valientes, llenos de arrojo y de BONDAD. Y en estas llegó el tercero (y último) de los infantes, guerreros valerosos que hacían honor a sus belicosos NOMBRES, dignos portadores del cromosoma Y, amigos de dragones, DINOSAURIOS, y demás fauna reptiliana. Bien VESTIDITOS con las buenas prendas heredadas de sus padres, los tres hermanos se convirtieron en el centro del universo de la princesa, en sus LIFE COACH, en su orgullo y su alegría, pero también en la causa de sus mayores miedos y preocupaciones.
Por ellos redefinió su orden de prioridades, se despojó de su humanidad y abrazó su lado animal, transmutándose, según la ocasión, en osa protectora, tierna koala, leona rugiente, mona aulladora o JIRAFA silente.
Por ellos se convirtió en toda una MIGHTY MOTHER, capaz de enfrentarse y asumir -con no mucho gusto, todo hay que decirlo- todos los PEQUEÑOS SACRIFICIOS DE ANDAR POR CASA que traían bajo el brazo: cambiar pañales, limpiar vómitos, recoger zurullos flotantes de la bañera, ir al parque, socializar con otros padres, ver la tele con ellos (gracias a lo cual sus REFERENTES CULTURALES descendieron en picado hasta niveles abisales, viendo a la Mérida de Disney donde otrora vería a Diana cazadora)... y de entre todos los sacrificios, el más duro: cocinar. Conseguir vencer su aversión a los fogones, y preparar platos de comida medianamente aceptables, rayando algunos -pocos, para qué engañarnos- incluso en lo suculento (ÑAM ÑAM).
Por ellos nuestra princesa se convirtió en Xena, en Nikita, en Afrodita A, en una zombi de The Walking Dead, y hasta en Dana Scully, para plantar cara a las HISTORIAS PARA NO DORMIR que acontecían en su hogar. Se convirtió en una madre fuera de SERIE.
Pero la princesa era muy consciente de que todo cuanto hacía era lo mismo que cualquier otra madre normal, imperfecta, corriente y moliente hacía por sus hijos. Y tenía muy claro que jamás se pondría medallitas, ni se creería mejor (ni peor) que el resto de princesas/madres del reino. Y mucho menos caería en el despreciable y vil CHANTAJE emocional a sus hijos: el sucio e ignominioso "después de todo lo que he hecho por ti..." jamás saldría de sus labios ni pasaría por su mente.
Porque sus hijos tenían derecho a una vida libre y feliz, no habían nacido para cumplir sueños frustrados de otros ni cubrir expectativas ajenas, ni para pagar traumas del pasado ni asumir las consecuencias de una mala gestión paterna, ni para arreglar problemas conyugales ni sufrir los daños de una guerra emocional. Sus hijos no merecían vivir un WATERLOO ni unas Termópilas, sino que debían recibir amor, cuidados, educación, atención, dedicación, disciplina... todo multiplicado X 3, sin preferencias ni favoritismos.
A veces la princesa recordaba su vida pasada, su vida sin niños, cuando en el salón del castillo había una mesa de centro como adorno, y cuando la escobilla del w.c. no era usada como una espada. Pero esos tiempos y ese UBI SUNT? venían a su mente sin lamento ni amargura, sin rencor ni remordimientos, porque sus tres hijos que habían trastocado tanto su vida, que le habían dado la vuelta al cuento, al mismo tiempo le habían colmado de FELICIDAD real y auténtica. No esa felicidad bobalicona, edulcorada y fingida de los anuncios de la tele, sino felicidad reposada y profunda aún en medio de los problemas, dificultades e incertidumbres.
Así que, a ELLOS: a mi marido y a mis tres hijos, muchas gracias.
Y gracias a todos vosotros por acompañarme a lo largo de estas entradas de La Maternidad de la A a la Z. Os deseo toda la felicidad del mundo :-)
Y gracias a todos vosotros por acompañarme a lo largo de estas entradas de La Maternidad de la A a la Z. Os deseo toda la felicidad del mundo :-)




















