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miércoles, 10 de julio de 2013

LA MATERNIDAD DE LA A A LA Z: I DE INDIGNACIÓN




No sé si es por la maternidad, o porque me estoy haciendo mayor, pero lo cierto es que cada día que pasa me indigno más y más con ciertas situaciones y conductas.

Me indigno sobremanera con los padres que se quejan de sus hijos: que si no sabes lo que es aguantarle, porque no para y debe de ser hiperactivo (ya sabéis la ligereza con la que se usa este término, la misma con la que se diagnostica, esto también me indigna, por cierto); que si no sabes el engorro que es no poder dejarle con nadie, que llora todo el tiempo preguntando por su mamá; que si no sabes el follón que es tenerlo en casa todo el día en verano, que no tengo ni un segundo para mí y estoy deseando que llegue septiembre, y menos mal que lo enchufo quince días en un campamento urbano, medio mes con una abuela y tres semanas con la otra (matizo: me indigno cuando este comentario viene de madres que, como yo, no tenemos un trabajo remunerado fuera del hogar, y poseemos el privilegio de poder estar con nuestros hijos durante las vacaciones); que si no sabes el trastorno que supone no poder salir de noche por culpa de los niños; que si no sabes el fastidio que es tener que estar pendiente de él las 24 horas al día... pues mira por dónde, sí que lo sé. Es más, muchas de estas cosas ya las sabía incluso antes de ser madre (eso de que los hijos demandan atención y cuidados, por ejemplo). Pero lo acepté y lo asumí con responsabilidad y gusto, como una persona adulta, de lo contrario me habría comprado un perro, una muñeca o un tamagochi. 
Me indigna la tan manida frase todos los padres quieren lo mejor para sus hijos, y el hecho de que esta sentencia justifique cualquier comportamiento de esos padres, legitimado además, por los principios de libertad, tolerancia y respeto. Son los famosos "yo educo a mi hijo como me da la gana", y "nadie me dice cómo educar a mi hijo". El único límite parece ser el maltrato físico, ahí sí se puede juzgar, acusar y condenar, "¡Mira qué mala madre, que le ha dado un cachete a su hijo!", pero que nadie se atreva a juzgar a la que deja a su hijo delante de la televisión ocho horas seguidas, a la que se desentiende de su hijo en el parque, a la que enseña a su hijo a ser un caradura, a la que aplaude cuando su hijo hace daño a los demás, a la que presume de la agresividad y malicia de su hijo, o a la que le apunta a todas las actividades extraescolares posibles (en contra de los deseos del niño) para tener tiempo libre. Eso sólo son distintas "maneras de educar", todas lícitas, y todas permitidas, y nadie tiene derecho a decir nada en contra, so riesgo de quedar como un intolerante (y esto, en nuestra sociedad, ya sabéis que es lo peor que uno puede ser).
Me indigna la gente que cree conocer a tus hijos mejor que tú, que cree saber qué es lo que mejor les conviene y cuál es la mejor manera de tratarles. Gente que no duda en contradecirte de obra o de palabra, gente que contraviene tus deseos y tus indicaciones, gente que parece olvidarse de quiénes son los padres. 
Me indignan tantas y tantas cosas, que podría escribir una docena de posts sobre ello; pero para resumir sólo diré que, en definitiva, me indigna todo aquello que hace daño a mis hijos en particular, y a los niños en general, y me indigna todo aquello que contribuye a que nuestra sociedad esté cada vez más enferma, confundida y podrida.


miércoles, 3 de julio de 2013

LA MATERNIDAD DE LA A A LA Z: Z DE ZARRAPASTROSA

GLAMOUR VS EFICIENCIA, MODA VS OPERATIVIDAD


Hay palabras que de por sí suenan tan mal que nos dan una idea de que su significado es cualquier cosa menos bonito. Palabras cacofónicas, se llaman, (o en cristiano, palabrejas feas de caray). Y pienso que un buen ejemplo de ellas es el "zarrapastrosa" que hoy nos ocupa. 
Sin duda existe ya mucha literatura blogueril sobre este tema, pero no me resisto a aportar mi granito de arena.

Una madre se convierte en zarrapastrosa cuando comprende que por mucha laca o fijador que lleve su peinado, por muy long lasting que sea su maquillaje, por muy waterproof que sea su rímel y por muy permanente que sea su barra de labios, no tienen nada que hacer contra los labios y las manitas, con frecuencia húmedas o pringosas, de un niño dado a estrujar, acariciar, espachurrar y besar la cara y el cabello de su madre. Así que, por no acabar pareciendo Krusty el payaso, esa madre opta por reducir el uso de cosméticos a la mínima mínima mínima expresión.
Una madre se convierte en zarrapastrosa cuando su hijo le rompe los pantys recién comprados con los malditos velcros de los zapatos. Desde entonces esa madre aprende a no volver a gastar 20 euros en unas medias que probablemente no duren íntegras más de 20 minutos, (y también a no sentar a ningún niño en sus rodillas cuando lleva medias de cristal).
Una madre se convierte en zarrapastrosa cuando se da cuenta de que las uñas tan esmeradamente pintadas no son compatibles con abrir ridículos envoltorios de chuches infantiles, ni con los mecanismos de engranaje o apertura de algunos juguetes.
Una madre se convierte en zarrapastrosa cuando desiste de llevar pendientes largos (porque manos diminutas ya le han roto más de uno), nada colgando del cuello (mucha marca de Tous, pero el dichoso cordoncito negro se rompe como los demás), y nada de glamourosas gafas de sol que sin duda acabarán, en el mejor de los casos, llenas de mini-huellas dactilares, saliva y mocos, y en el peor, con una patilla de menos o un cristal roto de más.
shoerazzi.com
Una madre se convierte en zarrapastrosa cuando comprueba que ni las plataformas, ni las cuñas, ni los stilettos, ni los tacones de 15 centímetros son operativos para correr detrás de un niño con tendencia a cruzar la calle sin mirar y sin darle la mano a nadie, ni para pisar el suelo mullido del parque, ni la zona de arena, ni las rejillas, ni para empujar un carrito de bebé cuesta arriba (ni cuesta abajo) en una pendiente de más de 45 grados, ni para subir escaleras con un niño de 20 kilos dormido en los brazos (corrijo lo de los 15 centímetros: con que superen los 5 ya son inviables). 

Una madre se convierte en zarrapastrosa cuando se da cuenta de que el lamparón que dejan las papillas regurgitadas, los mocos resecos, o los restos de gusanitos de color naranja y sabor a queso no se camuflan con el estampado del vestido ni de la blusa. Tampoco cuelan como diseños de print animal. (Y las calcomanías de las chuches que tu niño se empeña en ponerte no pasan por un tatuaje decente, por mucho que ahora le llamen "tattoo").
Una madre se convierte en zarrapastrosa cuando descubre que es muy mala idea llevar minifalda o vestidos cortos cuando se tiene una criatura de corta estatura, por la que hay que inclinarse muchas veces y agacharse otras tantas (a no ser que a una le dé por el exhibicionismo, o bien consiga el patrocinio de una marca de bragas).
mytheresa.com
Una madre se convierte en zarrapastrosa cuando renuncia al maxibolso y al clutch, pues no hay manos suficientes para llevar el primero, y en el segundo no cabe ni la tarjeta sanitaria del niño (mochila o bandolera, amiga fiel).

Pues sí. Muchas madres parece que nos hemos convertido en zarrapastrosas, en mujeres andrajosas, desaliñadas y rotas (definición de la RAE). Pero nada más lejos de la realidad. Simplemente somos madres prácticas. Nada glamourosas, quizá poco trendys, pero cien por cien operativas
Y para compensar, nuestros hijos siempre nos ven siempre hermosas, y a poco que nos arreglamos nos sueltan aquello de "mami, pareces una princesa". Y sonreímos, y nos lo creemos, porque sabemos que es verdad.  


miércoles, 26 de junio de 2013

LA MATERNIDAD DE LA A A LA Z: CH DE CHANTAJE

SOBRE EL ODIOSO CHANTAJE EMOCIONAL PRACTICADO POR ALGUNAS MADRES



Si hay algo que me repatea oír en boca de una madre es el famoso "después de todo lo que he hecho por ti..."
¿Quién no se lo ha escuchado, en alguna serie o película, a la vieja malvada de turno que intenta así manipular la voluntad de su hijo? O peor aún, puede que incluso alguno de vosotros haya tenido la desgracia de recibir semejante perla de su propia y venerada madre.
economiapalentina.blogspot.com.
"Después de todo lo que he hecho por ti...", da igual que se diga con voz ahogada por el llanto, entre suspiros lastimeros o en un grito de indignación. Para mí esto es el más claro ejemplo de chantaje emocional, y el más vil y rastrero que pueda encontrarse. ¿Dónde ha quedado el supuesto amor incondicional de madre, dónde la entrega y el sacrificio? 
En el momento en que se exige (o se pide, o se suplica) una contrapartida, una contraprestación, un pago por haber amado, y por haber ejercido de madres, algo ha fallado. Alguien se ha equivocado en su rol materno, alguien ha confundido u olvidado lo que eran sus obligaciones y responsabilidades. "Todo lo que he hecho por ti": alimento, vestido, cobijo, sanidad, educación... ni más ni menos que TODO LO QUE SE TENÍA QUE HACER.
¿Acaso ese hijo nacido de tus entrañas te pidió nacer? ¿Acaso él lo escogió, o te obligó a hacerlo? Pues una vez que lo has traído al mundo, lo natural, lo normal, lo lógico es que te hagas cargo de él, que lo cuides, y proveas lo necesario para su educación y crianza. ES LO MENOS QUE PUEDES HACER POR ÉL.
Me indignan las madres que echan en cara a sus hijos "todo lo que han hecho por ellos". Y por supuesto no debemos confundir esto con faltar al respeto a las madres, claro que no. Pero una cosa es reivindicar humildemente nuestro trabajo con satisfacción, y otra muy distinta el andar exigiendo a los hijos medallas, aplausos o recompensas. 
Cuando nuestros hijos crezcan y se hagan adultos, si tienen el discernimiento necesario y el criterio suficiente, serán capaces de ver lo que hemos hecho por ellos, tanto lo bueno como lo malo, si fuimos amorosos o dictadores, cercanos o distantes, si les dimos alas o les cortamos las raíces de cuajo. No hará falta recordárselo, ni que se lo restreguemos por las narices. 
Pero muchas veces se confunde el reconocer los fallos de nuestros progenitores con ser un desagradecido, el rechazar su manera de hacer las cosas con ser un descastado, el evidenciar que podían haberlo hecho mucho mejor con ser un mal hijo. Y no es así. Amar (a una persona, incluyendo hijos y padres) no significa dar siempre la razón, ni aprobar y justificar todas las acciones y todos los comportamientos del presente o del pasado. Esta es otra forma de chantaje emocional, a mi modo de ver mucho más extendida, pero igualmente perniciosa.

Como madre, mi prioridad absoluta es la felicidad y el bienestar de mis hijos, y le pido a Dios que en el futuro me guarde de ser una chantajista emocional, una de esas madres con el "después de todo lo que he hecho por ti" siempre listo en la punta de los labios, una de las que se consideran merecedoras de amor absoluto y respeto total por el simple hecho de, un día (no sé si bueno o funesto), haber tenido un hijo. 




miércoles, 19 de junio de 2013

LA MATERNIDAD DE LA A A LA Z: T DE TRAMPAS

El camino de la maternidad no está exento de trampas, artificios engañosos en los que podemos tropezar, caer, o directamente hundirnos. 

Una de ellas es la arraigada y muy extendida creencia de la obligatoriedad de tener hijos. 
Hay que tenerlos "porque es lo que toca", porque se supone que es lo que "debe hacer" toda mujer llegada a una cierta edad, y el argumento definitivo de hoy en día, "porque todo el mundo lo hace". ¡Y yo que pensaba que los oscuros tiempos donde lo ÚNICO que se valoraba en una mujer era su capacidad reproductiva ya habían quedado atrás! Pues parece que no. Será que esa "necesidad" de engendrar un heredero (varón) que haga perdurar el apellido de la familia no es exclusivo de las películas... Siempre he pensado que los hijos hay que tenerlos por amor, por un deseo puro que nace del corazón, y no por costumbre, por conveniencia o por ridículas presiones sociales y/o familiares. Pero se ve que estaba equivocada. Y aún ahora hay parejas que tienen hijos sin mucho convencimiento "porque es lo que se esperaba" de ellos, para "cumplir" no sé cuál estúpida expectativa, o porque se dejan arrastrar por la inercia de "lo que siempre se ha hecho".

Otra de las trampas de la maternidad que cada vez cobra más fuerza es la de que no sólo es posible recuperar la figura que se tenía antes del embarazo, sino que ES NECESARIO hacerlo, y rapidito. De minar y bombardear a las embarazadas (y a su entorno) se encargan hábilmente los medios de comunicación, elevando a la categoría de diosas maternales (dignas de adoración, imitación y respeto) a las actrices/cantantes/modelos que no tienen otra cosa que hacer más que atender a la apremiante recuperación de su cuerpo, pues de la comida, la casa, otros hijos y seguro que también del bebé ya se encarga el personal contratado a tal efecto. Nos olvidamos de que esas mujeres viven de su físico, y al igual que un taxista debe tener su taxi siempre a punto, ellas tienen que tener su cuerpo siempre listo para embutirse en un vestido de la talla 36 y un sujetador de la 120. Porque nuestra sociedad es así de superficial, y ahora resulta casi inconcebible una cantante fea o una actriz con sobrepeso. Y en el momento en que esas mujeres se erigen en modelos a imitar... la cagamos. Porque aunque nosotras no vayamos a desfilar en el Victoria's Secret a los cuatro meses de parir, se nos "exige" que estemos estupendérrimas y buenorras, con la barriga plana y las piernas sin varices. Si ellas han podido, nosotras no tenemos excusa, aunque no tengamos un ejército de entrenadores, masajistas, instructores de yoga y de pilates, cocineros macrobióticos, cirujanos plásticos, peluqueros, maquilladores y estilistas a nuestra entera disposición. Y si no hemos podido hacernos el mommy makeover tras la cesárea programada, pues siempre nos quedará Corporación Dermoestética con su "Pack especial madres".

Y la trampa más tramposa de todas: la idea de que tener un hijo no afecta ni cambia a sus padres, por lo que se puede seguir llevando la misma vida que antes de tenerlo, con las mismas rutinas, los mismos hábitos, las mismas metas, las mismas prioridades. Pues no. Es completamente falso. Es ABSOLUTAMENTE IMPOSIBLE que la vida no cambie con un hijo en casa, que no se modifiquen los horarios ni trastoquen las costumbres, que los padres no cambien por dentro y por fuera, en su percepción, en su forma de ver la vida y encararla, en sus deseos, puede que incluso en sus palabras. 

El camino de la maternidad no está exento de trampas, pero pienso que si nos lo proponemos, no es tan difícil evitarlas.



jueves, 13 de junio de 2013

LA MATERNIDAD DE LA A A LA Z: R DE REFERENTES CULTURALES

DIANA VS. MÉRIDA




Prometo que antes de ser madre tenía otros referentes culturales. Vale que no andaba por las esquinas declamando a Shakespeare ni citando a Platón, pero no había llegado a los extremos de ahora. Fui consciente de este fenómeno degenerativo ya hace algún tiempo, cuando al cambiar el pañal a alguno de mis niños me salía la voz del pingüino Kowalski diciendo "Casi pierdo el conocimiento por un instante", o cuando censuraba algo al estilo de Cruella de Ville y su "¡Esto es una porquería del demonio!"Luego me sorprendía a mí misma contestando un "Sigue soñando, Trueno" a modo de negación, un "Espera un nanosegundo" para pedir tiempo, o un "Swiper no robes" para evitar que alguien cogiese algo. 
Este proceso de pérdida (o más bien reemplazo) de referentes culturales no sólo se limita a la repetición de frases lapidarias de los dibujos animados, sino que deja su huella también en los símiles y las comparaciones que vienen a mi cabeza: si alguien es estúpido, es más tonto que Patricio de Bob Esponja, si es un tacaño, es un Stingy de Lazy Town, si es un vago, es un Nobita de Doraemon, y si es un abusón, es como Boog de Fanboy y Chum Chum.
Otro síntoma: la semana pasada el Papi y yo vimos en casa una película de James Bond, y al salir su coche voy y suelto un "¡Mira, es Finn McMissile!" (de Cars 2), en vez de un "¡Mira, un Aston Martin!". Y otro: las razas de perro ya no son dálmata y cocker, sino un Pongo y una Reina; y los peces, por supuesto, son nemos y dorys.
elcalderodegaia.blogspot.com
es.disney.wikia.com
Pero el golpe de gracia vino el otro día. Me explicaba una amiga sus avances en la práctica de tiro con arco, al que se ha aficionado desde hace un par de años, y en mi mente apareció de manera automática la figura de Mérida, la arquera de la película Brave. Y ella (mujer cultivada y sin hijos, no como yo) me dice algo como "Parezco Diana cazadora." Y ahí me mató. Ella evocando la mitología clásica, y yo a una princesa Disney. 
¿Debería estar preocupada? ¿Es grave que las frases más sabias que he oído en los últimos tiempos provengan de la tortuga milenaria de Kung Fu Panda: "El Ayer es historia, el mañana es un misterio, el ahora es un regalo, por eso se llama Presente"; "A veces encontramos nuestro destino en el camino que tomamos para evitarlo". 
¿Que las más inteligentes vengan del saltamontes Hopper de Bichos: "Las ideas son algo muy peligroso"? 
¿Que las más graciosas vengan del panda Po: "La alucinancia no tiene precio, la atractividad tampoco"; del pingüino Ramón de Happy Feet: "Corramos un centímetro por hora"; "Una vez un bicho hizo eso y todavía lo buscan para darle con un palo", o de la mantis de Bichos"No sé qué estarás elucubrando en tu loco cerebrillo de hormiga"?
¿Nadie más que yo ha dicho alguna vez Hakuna Matata, o ha cantado Soy el mapa de Dora?
En fin, que en mi caso la maternidad me ha transformado el cuerpo, el espíritu, el corazón y el intelecto. 
¿Hasta cuándo durará esto? Eso sí lo tengo claro: "¡Hasta el infinito... y más allaaaaá!".


miércoles, 5 de junio de 2013

LA MATERNIDAD DE LA A A LA Z: A DE ALARMISMO

DE LOS PELIGROS DE LOS ALARMISTAS CON SU INSUFRIBLE ALARMISMO


El alarmismo materno es un mal común que nos aqueja desde el mismo momento en que decidimos comunicar al mundo nuestro estado de buena esperanza. Contrariamente a lo que pudiera parecer, las madres solemos ser las principales víctimas de este mal, y no las causantes. 
Las madres, por lo general, no solemos ser alarmistas en extremo, ya que algo en nosotras, -llámese sentido común, intuición, o instinto- actúa de tal forma que nos lleva a discernir, la mayoría de las veces con acierto, la naturaleza peligrosa (o no) de determinada situación, a la vez que nos frena para no caer en la histeria del alarmismo sin mesura (la preocupación justificada, las dudas, el temor y el instinto de protección son otra cosa. No se me confundan).
La verdadera amenaza del alarmismo materno procede del exterior, y se cierne sobre nosotras cuando menos lo esperamos y aún menos lo necesitamos. Los alarmistas proliferan a nuestro alrededor como los champiñones en temporada de setas. Se camuflan entre nuestros parientes, amigos y vecinos, y también -cómo no- entre perfectos desconocidos. Todos disfrazados de consejeros desinteresados y solícitos, se reconocen por no ver nunca el vaso medio vacío, sino directamente sin agua y a punto de romper. 
Los alarmistas son los que durante todo el embarazo te machacan con lo de "si tomas esto al niño le saldrán manchas" o "si te acercas al gato pillarás la toxoplasmosis", son aquellos tan majos que en el noveno mes intentan convencerte de parir sin epidural por si te dejan una parálisis permanente en las piernas. Sí señor, los ánimos que no falten.
Ya con niños, los alarmistas son los que te previenen de los peligros de dejar a tu bebé solo con su hermano mayor, no sea que le dé un ataque de celos, le empuje cuna abajo y le rompa la crisma.
Son también los que ven piojos en un simple picor de cabeza, otitis en un tocamiento orejil, cistitis en dos visitas seguidas al water, gastroenteritis en una caca suelta, sarampión en un granito, raquitismo en un cuerpo delgado, un trombo en una vena que se nota, y meningitis en un dolor de cadera. Por ejemplo.
Con sus predicciones optimistas y advertencias alegres, los alarmistas contribuyen a que nuestra vida de madres sea más amena, fácil y llevadera. Porque no nos llega con preocuparnos con lo realmente digno de preocupación. Necesitamos ponernos en el peor de los casos, y pensar en la más terrible de las posibilidades (por improbable y remota que resulte). Nos encanta malgastar tiempo y energías en descartar lo absurdo y confirmar lo obvio. Nos fascina escuchar los negros augurios de los alarmistas, pues todo cuanto nos cuentan está basado en historias reales como la vida misma, pues lo mismito, lo mismito le sucedió al hijo de fulanita, menganita o zutanita, ¡y mira ahora cómo están!
El alarmismo materno se sustenta en estúpidas premisas del tipo: ¿Por qué confiar en el criterio de una madre, cuando el juicio del alarmista de turno suena más acertado (y mucho más trágico, de paso)? ¿Por qué fiarnos del instinto de una madre, sin aval ni evidencias científicas que lo respalden, cuando el alarmista aporta los más veraces testimonios para corroborar sus vaticinios?
Pues está claro. Porque una madre, nos guste o no, sabe mejor que nadie lo que le pasa a su hijo. Es capaz de traducir su llanto, sus balbuceos, sus palabras mal articuladas y sus frases mal construidas. Lee los gestos de su rostro e interpreta las expresiones de su cuerpo. Una madre es la que mejor comprende a su hijo. Y su conocimiento, su experiencia y también su instinto, hace que sea capaz de discernir si llora por capricho o por puro cansancio, por cólicos o por el agobio de extraños, por celos o porque han herido sus sentimientos.
Así que, señoras y señores que van por la vida agobiando a las madres con "a ver si va a ser esto", "a ver si va a tener aquello", "a ver si le va a pasar esto otro como a fulanito": guárdense sus negras y funestas opiniones, consejos y advertencias en el bolsillo. Que ser madre ya trae consigo la preocupación de serie, y no necesitamos para nada el extra del alarmismo.

miércoles, 29 de mayo de 2013

LA MATERNIDAD DE LA A A LA Z: O DE OBJETO (MUJER-OBJETO)


Toda la vida luchando por no ser mujeres-objeto y ¡zasca! al llegar la maternidad nos echamos las manos a la cabeza al darnos cuenta de que nos hemos convertido no en un objeto, ¡sino en muchos!
En BIBERÓN: Existen niños que utilizan a sus madres como biberones, aunque todo el mundo sabe que esa leche no alimenta, es sólo agua, y no quita el hambre (pero ahí siguen los benditos, enganchados a la teta, como si de verdad les llenara y les prestase).
En CHUPETE: Inevitablemente ligado a lo anterior, existen niños que, aún habiendo saciado su hambre -con leche o con bocadillos de jamón- demandan la teta, utilizando a sus madres como meros chupetes (de tetina anatómica, eso sí).
En CUNA/COLCHÓN/ALMOHADA: Existen niños que han convertido los brazos de su madre en su lugar preferido para echar una cabezadita (o un sueño en toda regla!). También se han documentado casos de niños que muestran predilección por dormir encima de alguna parte del cuerpo de sus madres, utilizándolas a modo de almohada o colchón.
En COLUMPIO/BALANCÍN/HAMAQUITA: No todo va a ser dormir. Hay ocasiones en que los niños buscan la horizontalidad acompañada de un suave (o enérgico) meneo, el mecerse dulcemente al son de algún tierno cántico. Y entonces echan mano de su madre, que huele mejor que el plástico y la madera, que es más suave que el más suave de los tejidos, que suena mejor que cualquier melodía mecánica y cansina, y que ajusta la velocidad del balanceo a la perfección sin necesidad de pilas ni botoncitos.
En CARRITO/SILLITA: Existen niños que utilizan a su madre como medio de transporte. Da igual que tengan a su disposición una MacLaren, una Jané, una Stokke, o una con chasis de aluminio, revestimiento de plata, incrustaciones de swaroski y acolchado de terciopelo. Ninguna como ir en los brazos -o al caballito- de su madre.
En DISPOSITIVO MULTIMEDIA: Por mucho I-Phone o I-Pad que haya, nada como una madre para que cante El Pollito Pío y los Cantajuegos, que baile el Gangnam Style y el Soy una taza, que reproduzca los diálogos de Cars y de Pocoyó, que hable balleno como Dory y que imite la voz del Pato Donald. A una madre no se le acaba la batería, ni se rompe al caer al suelo, ni se le llena la pantalla táctil de arañazos, babas pringosas y mocos resecos.

Existen niños que utilizan a sus madres como muñecas para peinar, peluches para dormir, dinosaurios para luchar. Se han dado casos de madres utilizadas como percheros, libros, televisiones, flotadores, columpios, y un sin fin de etcéteras.

Pero en realidad, yo creo que no existen niños así. Los niños no utilizan a nadie, sino que tan sólo buscan a alguien que satisfaga sus necesidades y les ayude en su desarrollo. En realidad no somos mujeres-objeto, sino tan sólo madres haciendo su trabajo, madres que a veces no necesitan echar mano de todos los cachivaches que las rodean, pero otras veces sí. Esos utensilios que facilitan nuestra labor y que nos son de tanta ayuda: biberones y chupetes, carritos y tronas... Esos sí son los objetos; nosotras seguimos siendo mujeres.


miércoles, 22 de mayo de 2013

LA MATERNIDAD DE LA A A LA Z: B DE BONDAD

DE LO CONFUSO QUE PUEDE RESULTAR EL CONCEPTO DE BONDAD

Reconozco que el tema de la bondad me preocupa sobremanera, será por la cantidad de mala gente que anda suelta por ahí sin correa ni bozal. Hace varios meses escribí un post al respecto (¿Queremos niños buenos?), pero no se adecuaba exactamente al espíritu de este diccionario, así que vamos a escribir uno nuevo.
Antes de ser madres, tenemos muy claro qué significa ser bueno y qué no. Bueno es alguien que tiene bondad, es decir, una inclinación natural a hacer el bien, a ser amable y apacible de genio. Malo es lo opuesto: alguien nocivo, dañino, injusto, desagradable y molesto.
Pero cuando somos madres, o abuelas, o simplemente cuando tenemos a un niño cerca, pienso que muchas veces se nos activa una especie de chip, un extraño mecanismo que nos lleva a confundir el tocino con la velocidad, el ser bueno con el portarse bien. Y no es lo mismo ni de lejos.
Un niño bueno no es necesariamente el que se come todo cuanto le ponen por delante, ni el que duerme la noche del tirón, ni el que cuida mejor los juguetes, ni el que siempre contesta con educación cuando le preguntan. No es el que nunca grita, nunca rompe el pantalón por las rodillas, nunca coge un berrinche, y nunca llora. Esto es un niño que se porta bien, o en otras palabras, un niño que se ha sometido rápidamente a esas normas de urbanidad y cortesía de las que los adultos somos esclavos. 
La bondad es otra cosa.
Un niño bueno es desinteresado, noble y sincero. Muestra empatía, y no rechazo; cariño, y no desprecio. No se aprovecha de los demás, no se burla, no insulta ni margina. Y todo esto se puede hacer aún comiendo mal, siendo bruto, desordenado, e inquieto.
Y que nadie se crea eso de "todos los niños son muy crueles", porque no es cierto. Todos no. Los hay crueles y despiadados, malos y venenosos, porque así lo han aprendido de sus padres. Pero por supuesto que hay niños buenos, de corazón puro, sin malicia ni mala leche.
Por eso, como persona adulta, me esfuerzo por distinguir y dejar clara la distinción entre ser un niño bueno y un niño que se porta bien. Y como madre, siento que mi obligación es procurar que mis hijos sean, en primer lugar, buenos. Y en segundo, tercero, o quizá cuarto lugar, que se porten bien. 

jueves, 16 de mayo de 2013

LA MATERNIDAD DE LA A A LA Z: F DE FELICIDAD

DE CÓMO CAMBIA EN LAS MADRES EL CONCEPTO DE FELICIDAD


La felicidad está en un día de playa, volver rebozados en arena y salitre, con las mejillas coloradas y los bolsillos llenos de conchas, rendidos los cuerpos ante un cansancio que no ha conseguido borrarles la sonrisa de los labios.
La felicidad está en bajar con el coche una cuesta empinada, acelerando lo suficiente para que el estómago les baile un poquito y pidan otra, y otra, y otra.
La felicidad está en que se queden dulcemente dormidos en tus brazos, acurrucados contra tu pecho, sintiendo el peso liviano de su cuerpecito, escuchando su respiración, oliendo su pelo. Y contemplarles mientras duermen, dejándose contagiar de la paz que irradian, siendo testigos de sus sueños más alegres, esos que les hacen sonreir primero, y estallar en carcajadas después.
La felicidad está en sus besos, tan inocentes como mágicos, tan puros como cargados de amor, tan sonoros como llenitos de babas.   
La felicidad está en un baño, en el momento de vestirse, o en un cambio de pañal, cuando descubres cómo un niño se puede transformar en un saco de la risa, todo cosquillas, todo sonrisas, todo alegría.
La felicidad está en compartir sus grandes logros: acabar un puzzle, construir la torre más alta, marcar un gol, hacer el dibujo más bonito.

¿Dónde quedó nuestro antiguo concepto de felicidad? ¿Ese plagado de sueños maravillosos, de proyectos fantásticos y de grandes ideas? 
Fue diluyéndose en el tiempo, desdibujándose durante nueve meses, para al final tomar una nueva forma no menos maravillosa, fantástica, y grande: porque ahora toda nuestra felicidad son ellos, toda nuestra felicidad es la de nuestros hijos. 



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