DE CÓMO UNA MADRE DECIDIÓ CONVERTIRSE EN UNA BUENA MADRE
Quiero ser una buena madre. De esas que se preocupan tanto por sus
hijos que se dedican en cuerpo y alma a cuidarlos. De esas que los bañan, les
hacen la comida y los llevan al parque. De esas que les compran ropa y los
llevan al colegio.
Pero no me basta con eso.
Quiero que cuando sean mayores no tengan nada que reprocharme. Ni
falta de cariño, ni exceso de disciplina. Ni burlas, ni incomprensión, ni
favoritismos, ni comparaciones. Ni mano dura, ni ausencia de normas. Que no
tengan que disculpar mis errores atribuyéndolos a la ignorancia, a lo que
mandaba el médico o a lo que se hacía por costumbre. Que no tengan que
recriminarme cobardía ni dejadez, indolencia ni comodidad, miedo ni
desconocimiento.
Quiero, al fin y al cabo, que cuando sean jóvenes, adultos, e
incluso ancianos, al echar la vista atrás
recuerden su infancia con verdadero cariño. No con nostalgia fingida, la que
edulcoramos con el paso de los años, engañándonos a nosotros mismos. Hablo de
recuerdos sinceros, gratos, que perduran, que causan una sonrisa tierna, reconfortan
el alma y llenan el espíritu. Hablo de felicidad.
Y es que quiero que mis niños sean niños felices.
Para que sea lo que sea que les depare la vida el día de mañana, por muy seco,
duro y árido que sea el futuro, tengan siempre en la memoria y en el corazón un
refugio, un oasis, un rinconcito donde volver a ser niños, donde volver a ser
felices.
"La mejor forma de hacer que los niños sean buenos es hacer que sean felices" Oscar Wilde