miércoles, 18 de julio de 2012

CAMBIANDO PAÑALES DESDE OCTUBRE DE 2006


DE CUÁNTO ME REÍ CUANDO ME LLAMARON MADRE EXPERTA


Hace quince meses, más o menos, llevamos a nuestro tercer hijo a la matrona, al centro de salud, a que le hiciera las pruebas metabólicas (el pinchazo en el talón). Para ello me pidieron que lo pusiera al pecho (por lo de la “tetanestesia”, que le llaman). Y entonces la matrona se dirigió a las dos estudiantes (o matronas en prácticas, supongo) que estaban con ella, y habló en plan documental de David Attenborough: “observad cómo la madre coge al bebé en los brazos, girándolo contra su cuerpo, barriga con barriga, permitiendo así al bebé mamar en una posición correcta. Se nota que es una madre experta.” Bueno, no recuerdo las palabras exactas, pero sí recuerdo que me reí un poco en la consulta, y mucho al llegar a casa. ¿Madre experta? ¿Dónde?
Tres embarazos, tres partos y tres bebés, evidentemente convierten a cualquiera en madre “experimentada”, pero de ahí a “experta”… Y no lo digo por falsa modestia, ni mucho menos, pero os aseguro que esos tópicos de “cada embarazo es único” y “cada niño es un mundo” son absolutamente ciertos.
Si alguna vez me creí experta en algo, ahí llegó el tercer bebé, con su galactorrea, con un ombligo que hubo que “quemar”, con un oído supurante… cosas a las que no me había enfrentado nunca, y ante las que estaba totalmente pez. Era el tercero, y me sentía como una madre primeriza.
Así que aquí de expertos nada, que ya el mundo anda lleno (¡y sobrado!) de ellos.
Por lo tanto, con este blog no pretendo andar dando consejos como si yo fuera un pozo de sabiduría. Tan sólo quiero compartir mis experiencias, mis andanzas, mis aventuras y desventuras, con el deseo de poder ser de utilidad a alguien, como otros lo han sido –y lo son- para mí.

"Nada que valga la pena se puede enseñar" 
Oscar Wilde

jueves, 12 de julio de 2012

QUIERO QUE MIS HIJOS SEAN FELICES

DE CÓMO UNA MADRE DECIDIÓ CONVERTIRSE EN UNA BUENA MADRE


Quiero ser una buena madre. De esas que se preocupan tanto por sus hijos que se dedican en cuerpo y alma a cuidarlos. De esas que los bañan, les hacen la comida y los llevan al parque. De esas que les compran ropa y los llevan al colegio. 
Pero no me basta con eso. 
Quiero que cuando sean mayores no tengan nada que reprocharme. Ni falta de cariño, ni exceso de disciplina. Ni burlas, ni incomprensión, ni favoritismos, ni comparaciones. Ni mano dura, ni ausencia de normas. Que no tengan que disculpar mis errores atribuyéndolos a la ignorancia, a lo que mandaba el médico o a lo que se hacía por costumbre. Que no tengan que recriminarme cobardía ni dejadez, indolencia ni comodidad, miedo ni desconocimiento. 
Quiero, al fin y al cabo, que cuando sean jóvenes, adultos, e incluso ancianos, al echar la vista atrás recuerden su infancia con verdadero cariño. No con nostalgia fingida, la que edulcoramos con el paso de los años, engañándonos a nosotros mismos. Hablo de recuerdos sinceros, gratos, que perduran, que causan una sonrisa tierna, reconfortan el alma y llenan el espíritu. Hablo de felicidad.
Y es que quiero que mis niños sean niños felices. Para que sea lo que sea que les depare la vida el día de mañana, por muy seco, duro y árido que sea el futuro, tengan siempre en la memoria y en el corazón un refugio, un oasis, un rinconcito donde volver a ser niños, donde volver a ser felices.

"La mejor forma de hacer que los niños sean buenos es hacer que sean felices"  Oscar Wilde

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