lunes, 10 de diciembre de 2012

MI VIDA ENTRE MONTAÑAS


-¿Puedo hacerte unas preguntas, mami?- me preguntó el mayor hace unos días, nada más despertarse.
-Sí, claro- respondí yo, quitándome la legaña del ojo.
-¿El abeto a mí me puede hablar?- inquirió, todo serio.
-¿Cómo?- aquello me cogió desprevenida, con el cerebro aún a medio despertar.
-¿Qué sonidos son los que oigo yo?- continuó el mayor, incapaz ahora de contener la risa. Y acto seguido empezó a cantar la canción de “Abuelito, dime tú”, de Heidi, a la que pertenecían esas preguntas del abeto y los sonidos.
Y reflexioné, una vez más, que mi vida se asemeja cada vez más a la de Heidi. No porque tengamos por ahí un abuelito (que sí lo hay, pero en su casa con la abuelita), ni porque tengamos cabritas (que sí las hay, pero de las de dos patas), sino porque vivo, como la adorable niñita de mejillas sonrosadas y cabello corto, entre montañas.
No son los Alpes, pero resultan igual de imponentes: la montaña de ropa para lavar, la montaña de ropa para planchar, la montaña de cacharros sin fregar, la montaña de juguetes sin recoger, la montaña de polvo sobre los muebles, la montaña de pelusas bajo el sofá, la montaña de pañales usados…
Que nadie se extrañe si un día de estos, en alguna de estas montañas se produce un alud, me cae encima, y perezco en el acto sin remedio.
Yodele-ji-jú!

lunes, 3 de diciembre de 2012

SIN MOVER EL CULO


DE CÓMO ALGUNOS ADULTOS GENERAN UNA SUSTANCIA ADHESIVA DE FIJACIÓN EXTRAFUERTE QUE NO LES PERMITE MOVERSE DE SU (CÓMODO) SITIO

PROHIBIDO MOVER EL CULO
EN FAVOR DE LOS HIJOS

Estábamos en el restaurante del IKEA tomando un café (está bien, lo confieso, yo pedí un chocolate con churros) mientras los niños jugaban. Llegaron dos niñas, una tendría tres años y la otra quizá nueve, qué se yo. Las acompañaban dos señoras mayores, que no tardamos en identificar como la abuela y su hermana. La niña más pequeña no paraba quieta, corriendo de aquí para allá, quitándose las botas, ignorando a su abuela, saltando las escaleras, pidiendo comida al resto de la gente, tirándose por el suelo… nada que no haga cualquier niño sano de edad similar. Hasta que la niña decidió que era muy divertido dirigirse a su abuela, y también a mi hijo mediano, con la frase “hola tonto”. Y aún más divertido era aplastarle la cabeza a mi hijo pequeño (de 19 meses) contra el suelo. Ahí ya saltamos el papá y yo al rescate del churumbel, que se limitó a poner su característico “morrito” de desolación, sin verter una lágrima (porque eso sí, nuestros niños son de piedra, y no de mantequilla). A la niña le recriminamos su acción de buenas maneras, claro, pensando que ya la abuela le diría lo que viene al caso. ¿Y qué hizo la buena mujer? NADA. Quedarse con el culo pegado a la silla. Ni una palabra le dijo, se conoce que ya había gastado el cupo de reprimendas cuando le espetó “ven a la sillita de pensar” (y yo sin saber que las tenían en IKEA) cuando la desobedeció al quitarse las botas (y ni puñetero caso le hizo a la abuela, claro).

A la mañana siguiente, el papá llevó a los niños al cole. Dejó al mayor en su fila, y acompañó al mediano a la suya, la de los niños de tres años. Allí estaba, tranquilito y bien colocadito, hasta que uno de sus compañeros le atiza con la bolsa de la merienda en la cabeza. El mediano, que es de pocas palabras pero de reflejos rápidos, se la devuelve (allá van las galletas de dinosaurus hechas añicos). El papá sale de su sitio para mediar en el conflicto. El adulto responsable del niño agresor (en este caso, su abuela) no mueve ni un músculo. El papá se retira, pensando que la paz se ha instaurado. Iluso. Como si no conociera a su propio hijo: el mediano, un hombre de acción, no está satisfecho con las negociaciones, por lo que se dirige al niño y le salta –literalmente- a la yugular. Y el otro niño, que tampoco es manco, va y le propina un tirón de pelos (ay, los preciosos ricitos de mi niño). El papá que vuelve a intervenir. Y la abuela que vuelve a no hacer NADA, ni para reprender a su nieto, ni tampoco, cosa rara, para defenderlo.

¿Pero qué pasa con estas dos abuelas? ¿Qué pasa con el creciente número de adultos, tanto padres como abuelos, que no hacen NADA cuando sus hijos o nietos la montan? ¿Qué lumbrera dictaminó que no hay que darle importancia a las cosas que les suceden? ¿A qué imbécil se le ocurrió aquello de que no hay que intervenir en los conflictos de los hijos, que tienen que aprender a solucionar ellos solos sus problemas, que así maduran y se hacen autónomos? Me río yo de los padres que abogan por la “no intervención” cuando sus hijos son los que atizan, los que abusan o los que insultan; los mismos que –oh, casualidad- cuando sus hijos son los agredidos, los humillados o los ofendidos, intervienen, ¡y de qué forma!, con toda la mala leche y la mala educación del mundo.

Así que, a los padres comodones y egoístas que se escudan en el “son cosas de niños”: ¡moved el culo!
Y a aquellos que no podemos quedarnos quietos cuando les hacen algo a nuestros hijos, aún a riesgo de que nos tilden de “sobreprotectores” (uf, uno de los peores insultos para un padre): ¡bien hecho! ¡Seguiremos moviéndonos!

jueves, 15 de noviembre de 2012

TENGO UN ALMIRANTE EN CASA

Imagen sacada de flickr.com

DE CÓMO FUE EL PRIMER ATAQUE 

Lo ha vuelto a hacer. 
En la mañana del pasado lunes, el almirante volvió a desplegar sus naves.
Aún recuerdo claramente la primera vez que lo hizo, y cómo su ataque marítimo nos pilló a todos absolutamente desprevenidos: allí estábamos, cómodos y relajados, disfrutando plácidamente de las reconfortantes y cálidas aguas, tan confiados como ignorantes de la amenaza que se cernía sobre nosotros.
Todo era quietud. Todo era silencio. Pero la calma se tornó en histeria, y el reposo en agitación. De repente, cuatro o cinco fragatas irrumpieron en nuestras pacíficas aguas, trayendo consigo el caos, la pestilencia, y enturbiando todo a su paso.
¡¡¡Evacuación, evacuación!!! Los más rápidos consiguieron escapar pronto, corriendo a  buscar refugio en tierra seca. Otros no fueron tan afortunados, y permanecieron en el agua, imposibilitados de huir de ella, sucumbiendo a los efectos del devastador ataque.
Pánico, gritos, angustia, arcadas, llantos, más gritos, agua por todas partes, y cuatro o cinco fragatas desintegrándose en mitad del océano de nuestra bañera.
El almirante, ajeno a todo, sigue a lo suyo, sonriente y satisfecho por haber soltado todas sus naves, pero empezando a inquietarse por la tensión del ambiente que le rodea. Más gritos, más llantos, más arcadas.
El almirante, finalmente, rompe a llorar. Su madre logra sacar al mediano de la bañera, que aún sigue deshaciéndose en arcadas y lágrimas. Con el almirante en brazos, su madre logra retirar los juguetes que flotan (o se hunden) en la bañera, mientras los cuatro o cinco buques de guerra de color oscuro siguen su proceso de desintegración. El almirante, que es el pequeño, llora. El mediano llora también. El mayor no llora, pero está en paradero desconocido, probablemente andará intentando secarse con algo en vete tú a saber dónde.
La madre del almirante, aún dentro de la bañera, y con el almirante en brazos, ya no sabe si es mejor quitar el tapón antes o después de retirar las fragatas. No hay mucho tiempo para pensar, dos niños lloran, y aquello se deshace cada vez más. Alguna ya está diluida del todo, es que encima el almirante andaba un poco suelto, no podía hacerla durita y compacta, no. Si haces algo, que sea a lo grande. El agua turbia y con grumos de color marrón rodea las piernas de la madre, que finalmente decide coger aquello y tirarlo por el retrete antes de quitar el tapón.
Ahora a retirar la alfombra antideslizante de la bañera, también con restos. Sólo falta lavar a los niños de nuevo, esta vez modo ducha, no baño, lo que origina más lloros debido al odio natural que la manguera despierta en los infantes de más tierna edad.
Con los niños ya limpios y vestidos, sólo resta desinfectar la bañera, la alfombra, y los juguetes.
La madre del almirante ya no sabe si es peor que la mano le huela a caca o a lejía; lo que sí sabe es que, después de esto, cada vez tiene menos y menos y menos escrúpulos.

viernes, 2 de noviembre de 2012

QUINCY, EL DE LOS LITTLE EINSTEINS


SOBRE NIÑOS Y RACISMO




Un grupo de niños de seis años discutía sobre qué libro coger.
-¿Éste de la niña con las calabazas, o éste del negro?- preguntó uno.

En otra ocasión, mi hijo mayor (de cinco años) me hablaba sobre los dibujos animados de los Little Einsteins, y me decía que su personaje favorito era Quincy.
-¿Y cuál es Quincy?- pregunté yo.
-¡Mamá!- respondió, con ese tono característico, mezcla de asombro y decepción ante la ignorancia de los adultos, que suelen emplear los niños- ¡Es el de la gorra!
Se había fijado en la gorra como rasgo distintivo, no en lo oscuro de su piel. No dijo “el negro”, como seguramente habría dicho el niño de la escena anterior, y yo me sentí, una vez más, muy orgullosa de él. Porque me demostró que los niños, de por sí, no son racistas. Es algo que adquieren y que copian, al igual que imitan esa manera tan peculiar de señalar a alguien como “negro”, enfatizando la “e”, con tono despectivo.
Los niños son capaces de ver más allá del color de la piel, o en otras palabras, son capaces de no verlo. Pero ahí estamos los adultos, con nuestra pretendida superioridad intelectual y nuestra supuesta autoridad moral, empeñados en “abrirles los ojos”.

Otro caso real: en clase de mi hijo, desde el primer curso, había una niña de Sudamérica (otro término que no soporto, “sudaca”, que muchos mayores usan con absoluta ligereza, y que luego repiten alegremente sus hijos pequeños). Y no fue hasta el tercer año con ella, que mi hijo vino a casa diciendo que la profe les había dicho que esa niña tenía la piel oscura. Para él fue todo un descubrimiento, porque no había reparado en ello. O mejor dicho, claro que lo había visto, pero no le había dado la menor importancia. ¿Por qué habría de hacerlo? Hasta entonces era una compañera más del colegio. Pero los adultos, en nuestro afán de “vamos a ser todos muy políticamente correctos, y enseñar a estos pequeños racistas en potencia a distinguir entre las distintas razas, y a saber diferenciarlas bien, y luego les enseñaremos que son todas iguales, y hay que respetar a todas”. Una absoluta estupidez, en mi opinión.
¿Qué necesidad hay de explicarle a un niño éste es negro, éste blanco, éste amarillo? Explícales que son todos niños, y punto. No le hagas ver tú unas diferencias que hasta ahora para él no existían.

En fin. No descubro nada nuevo si digo que los niños se educan en su casa, y no en el colegio. Y por eso, en este tema, como en muchas otras cuestiones importantes, lo que cuenta es lo que oyen y ven en casa, (mucho más que todo lo que pretendemos “enseñarles”).


lunes, 29 de octubre de 2012

FELIZ CUMPLEAÑOS



Hoy el primogénito cumple seis años. Así que...

Feliz, feliz en tu día,
amiguito, que Dios te bendiga,
Que reine la paz en tu vida
y que cumplas muchos más.

¡¡¡MUCHAS FELICIDADES!!!

lunes, 15 de octubre de 2012

TIPOS DE MADRES (Y IV)


SOBRE LOS DISTINTOS TIPOS DE MADRES QUE PODEMOS LLEGAR A CONOCER (O SER)


Madre Cóndor: esta madre imita al ave de la famosa canción peruana “El cóndor pasa”. Por increíble que parezca, la Madre Cóndor pasa bastante de sus hijos. En el parque, es la típica calientabancos que “suelta” a su prole y se pone de charla y comadreo con otros progenitores. En una reunión (como una fiesta de cumpleaños infantil), es la que está en el centro de todas las conversaciones de los adultos, bebiendo, comiendo, relajándose. La Madre Cóndor pasa, se desentiende, y elude su responsabilidad de vigilar y supervisar a sus hijos. Como si otras personas tuvieran la obligación de velar por ellos (como la Madre Osa, por ejemplo, “de paso que mira por su hijo, que le eche un ojo al mío”, piensa). La Madre Cóndor se mueve a medio camino entre la indiferencia y la dejadez, amparada bajo la teoría de que no es bueno “intervenir” ni mediar en los conflictos de los hijos. La Madre Cóndor considera que los niños, a partir de 3 años, ya tienen que buscarse la vida por sí mismos, por lo que no hay que meterse en sus asuntos, en sus peleas, ni en sus riñas: “tienen que ser autónomos y maduros, y arreglar sus problemas entre ellos”. Casualmente, este razonamiento y este proceder se dan principalmente cuando el hijo de la Madre Cóndor es el agresor, el hostigador o el abusón. Pero todos estos argumentos pedagógicos se vienen abajo cuando es su hijo el agraviado, el agredido, el insultado o el marginado. Ahí la Madre deja de ser cóndor para sacar las garras de oso, y el discursito de “no hay que darle importancia, son cosas de niños”, cambia por el de “¡a ver si vigilas un poco al animal de tu hijo, que mira lo que le ha hecho al mío!”
Madre Macho Agresivo En Celo: si algo caracteriza a este tipo de madre es lo peligrosa que resulta para sus hijos. La Madre Macho Agresivo En Celo no piensa en nadie más que en sí misma, y en satisfacer sus egoístas deseos (que suele hábilmente enmascarar bajo el nombre de “necesidades”). Su consigna es “si yo estoy feliz, mis hijos estarán felices”, y sus acciones se basan en este razonamiento tan erróneo como inválido. La Madre Macho Agresivo En Celo no duda en usar la violencia en todas sus formas: física, psicológica, verbal, emocional, y todas las demás que puedan existir. Y si tiene que aplastar, matar o comerse a las crías que se interponen en su camino, lo hace.
Madre Zorra: no debe su nombre al hecho de compartir madriguera con sus hijos, y tampoco le viene por ser especialmente astuta. La Madre Zorra lo es por méritos propios: por descalificar al resto de madres (e hijos, y personas en general) que no hacen lo que ella dice, ni son como ella pretende. Por despreciar y por insultar, aunque sea “desde el cariño”. Por juzgar y por criticar. Por creer que su manera de hacer las cosas es la única válida. Por aprovecharse de la bondad y la buena educación de los demás. Por abusar de la confianza y la buena fe. Por andar con comparaciones y con chismes. Por envidiosa y por intrigante. Por mala persona y peor madre. Por inculcar y transmitir a sus hijos la idea de que para “triunfar” en la vida hay que ser egoísta, interesado y ruin. Por transmitir el legado de la mezquindad y la zorrería. Por todo ello (y más cosas que cualquiera podría añadir), se le denomina Madre Zorra (sin ánimo de ofender a las raposas). Que Dios nos libre de ellas. 


TIPOS DE MADRES (Y YA VAN III)


SOBRE LOS DISTINTOS TIPOS DE MADRES QUE PODEMOS LLEGAR A CONOCER (O SER)

Madre Gato Negro: que el nombre no nos lleve a engaño. No estamos ante una variedad de la prodigiosa y benefactora Madre Gata, sino de otra especie bien distinta. Es ésta una criatura mezquina, peligrosa, y dañina para su entorno. Se caracteriza por pensar (y dejar claro que lo piensa) que ella es así por una cuestión de mala suerte, y que el resto de madres son como son porque nacieron con una pata de conejo en el bolsillo. La Madre Gato Negro no pudo dar el pecho porque ¡mala suerte! no tenía leche, no como la Madre Vaca, que tuvo la suerte de sí tenerla (las grietas, la sangre en los pezones, las mastitis, u otros obstáculos que la Madre Vaca tuviera que superar con tenacidad y empeño, no cuentan). La Madre Gato Negro perdió su trabajo por mala suerte, no como la Madre Pingüino Emperador, a la que no pillaron en la oficina y en horario laboral, enganchada al Facebook (que la Madre Pingüino Emperador trabajase, en vez de rascar la barriga frente al ordenador, no cuenta). La Madre Gato Negro tiene mala suerte con su hijo, porque no sabe dormir solo, y tuvo que llamar a la Supernanny, al SuperEstivill, y al SuperPericodelosPalotes, no como la Madre Osa, tan afortunada ella que su niño duerme toda la noche de un tirón (que lo haga acompañado en la cama de sus padres, no cuenta).
Madre Pingüino Emperador: este tipo de madre se caracteriza por salir y sumergirse en los turbulentos mares del mundo laboral en busca de sustento, dejando el huevo, perdón, el niño, a cargo del macho. Si el macho no está disponible, la Madre Pingüino Emperador (aquella a la que no pillaron en la oficina y en horario laboral enganchada al Facebook, porque a diferencia de otros, ella sí trabaja, no rasca la barriga frente al ordenador), buscará alguien de confianza que se haga cargo de su hijo. La Madre Pingüino Emperador no empaqueta a sus hijos a la primera de cambio, ni prefiere quedarse en el trabajo antes que “aguantar a sus hijos en casa”.    
Madre Mono Aullador: confieso, para mi vergüenza, que ésta soy yo en muchas ocasiones (más de las que quisiera, y muchas más de las que debiera). Al igual que los monos aulladores (los mamíferos terrestres más ruidosos), mis chillidos pueden escucharse a una distancia de casi 5 kms. ¿Por qué grita tanto este tipo de madre? Puede ser para captar la atención de sus hijos (¡¡¡¿Es que no me oyes?!!!), para conseguir que éstos hagan algo (¡¡¡Acábate el Colacao de una vez!!!), para intentar evitar una desgracia (¡¡¡No le saltes en la cabeza a tu hermano!!!), o para prevenir de algún peligro (¡¡¡El niño ha cogido el cuchillo!!!). En cualquier caso, esta conducta es bastante reprobable. Gritar es muy feo, y hace daño a los niños (y no sólo a sus tiernos oídos). Por eso, en muchas ocasiones, la Madre Mono Aullador se arrepiente, se acerca a sus hijos con el rabo entre las piernas para pedirles perdón, y se esfuerza por combatir el exceso de decibelios en su hogar. La Madre Mono Aullador que intenta dejar de serlo, en ningún caso debe actuar como la Madre Gato Negro, justificando lo injustificable, ni echando la culpa a los demás.

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