Este mozo tan apuesto es Alejandro Fernández, apodado cariñosamente El Potrillo de México. Tiene discos de rancheras (como su padre, el mítico Vicente Fernández, del que tenían cassettes mi abuelo y mi padre), y discos de canciones pop. Personalmente prefiero estas últimas, pero que conste que algún mariachi de vez en cuando tampoco viene mal!
Os dejo una de mis canciones preferidas, titulada Háblame, compuesta por una tal Shakira. Es del año 2000, de cuando se le veía joven y sin las frondosas canas que peina ahora. La verdad es que iba a poner otra canción de él, Noche Triste, donde se aprecia el vozarrón de este muchacho, pero es que me parecía triste de más para un día tan soleado y bonito como este. No obstante, si a alguien le apetece escuchar una hermosa canción de desamor, que no se quede con las ganas (pincha aquí). ¡Espero que os guste!
DE LO CONFUSO QUE PUEDE RESULTAR EL CONCEPTO DE BONDAD
Reconozco que el tema de la bondad me preocupa sobremanera, será por la cantidad de mala gente que anda suelta por ahí sin correa ni bozal. Hace varios meses escribí un post al respecto (¿Queremos niños buenos?), pero no se adecuaba exactamente al espíritu de este diccionario, así que vamos a escribir uno nuevo.
Antes de ser madres, tenemos muy claro qué significa ser bueno y qué no. Bueno es alguien que tiene bondad, es decir, una inclinación natural a hacer el bien, a ser amable y apacible de genio. Malo es lo opuesto: alguien nocivo, dañino, injusto, desagradable y molesto.
Pero cuando somos madres, o abuelas, o simplemente cuando tenemos a un niño cerca, pienso que muchas veces se nos activa una especie de chip, un extraño mecanismo que nos lleva a confundir el tocino con la velocidad, el ser bueno con el portarse bien. Y no es lo mismo ni de lejos.
Un niño bueno no es necesariamente el que se come todo cuanto le ponen por delante, ni el que duerme la noche del tirón, ni el que cuida mejor los juguetes, ni el que siempre contesta con educación cuando le preguntan. No es el que nunca grita, nunca rompe el pantalón por las rodillas, nunca coge un berrinche, y nunca llora. Esto es un niño que se porta bien, o en otras palabras, un niño que se ha sometido rápidamente a esas normas de urbanidad y cortesía de las que los adultos somos esclavos.
La bondad es otra cosa.
Un niño bueno es desinteresado, noble y sincero. Muestra empatía, y no rechazo; cariño, y no desprecio. No se aprovecha de los demás, no se burla, no insulta ni margina. Y todo esto se puede hacer aún comiendo mal, siendo bruto, desordenado, e inquieto.
Y que nadie se crea eso de "todos los niños son muy crueles", porque no es cierto. Todos no. Los hay crueles y despiadados, malos y venenosos, porque así lo han aprendido de sus padres. Pero por supuesto que hay niños buenos, de corazón puro, sin malicia ni mala leche.
Por eso, como persona adulta, me esfuerzo por distinguir y dejar clara la distinción entre ser un niño bueno y un niño que se porta bien. Y como madre, siento que mi obligación es procurar que mis hijos sean, en primer lugar, buenos. Y en segundo, tercero, o quizá cuarto lugar, que se porten bien.
Hace bastante tiempo que tenía en mente escribir sobre esto, en concreto desde antes de Semana Santa, que fue cuando acaecieron los hechos.
El Peque acababa de recuperarse de un episodio de codo de niñera (del que ya hablé aquí), pero había reenganchado con una otitis (de las temibles Batallas del Antibiótico hablaré en otro momento). El Mediano, por su parte, andaba aquejado de un leve virus estomacal de esos que le incrustan a uno en la taza del W.C. Y en esta Semana Fantástica no podía faltar alguna dolencia en el Mayor.
Llaman por teléfono del cole, diciéndome que al niño le duele una cadera, que se ha caído o no sé qué (la conserje no lo tiene muy claro). Allá voy con el Peque en la sillita, presta al rescate. Y cuando llego me encuentro a mi primogénito (que no se había caído) literalmente retorcido de dolor: le dolía una cadera al enderezarse, al apoyarse sobre esa pierna, al caminar. La profe me cuenta que lleva así un buen rato, y con muy mala carita. Así que lo siento en la MacLaren, y con el Peque un rato en brazos, y otro rato caminando, llegamos al pediatra (no sin tiempo). Por supuesto, no faltaron los comentarios de varios y desconocidos transeúntes en plan "¡Qué vergüenza! ¡El mayor en la silla y el pequeñito andando!", "Señora, es que el mayor está enfermo, y cuanto antes cierre esa bocaza que no dice más que gilipolleces, antes llegaremos al médico". Esto no lo dije, porque una es muy educadita y comedida, ¡pero vaya si lo pensé! Un día de estos dejaré la educación en casa, y en lugar de una sonrisa y amables explicaciones (que ni merecen, ni tengo por qué dar) mi boquita empezará a soltar insultos, improperios, y todas cuantas ordinarieces se me pasen por la cabeza. Como decía, llegamos al centro de salud sobre las 13:30, pero nuestro pediatra ya no estaba (¡Viva el horario de algunos funcionarios! ¡Viva!). Pero otro amabilísimo pediatra que sí estaba no tuvo ningún problema en atendernos. "¿Qué te pasa?", le pregunta al Mayor. Y el Mayor va y rápidamente salta de la silla y se pone de pie, mientras dice que no le duele nada! Yo en plan tierra trágame/no entiendo nada. El pediatra, sin duda hombre experimentado en lo suyo, le dice al Mayor que camine. Y el pobre, al intentarlo, arrastra una indisimulable cojera que acaba delatándole: el pobre tenía pánico al médico. "Quita el pantalón y túmbate en la camilla", le dice. Y él, llorando, se negaba y se resistía. Conseguí calmarle un poco, y finalmente se tumbó. El pediatra le examinó y dio su diagnóstico: Sinovitis Transitoria de Cadera. ¿Mande? En mi vida había oído tal cosa, ni conocía la existencia de tal dolencia. Se trata de una inflamación del tejido sinovial de la cadera, que se resuelve sola en pocos días (os dejo un enlace con más información aquí), sin más tratamiento que reposo y antiinflamatorios si fuese necesario. Afecta sobre todo a niños entre 3 y 8 años (el mío tiene 6), y entre las causas está el haber tenido previamente un catarro (u otro proceso infeccioso similar, como sí había tenido nuestro niño). Si al cabo de unos días el dolor no desaparecía, habría que volver para un examen más profundo, ya que existen otras enfermedades mucho más terribles que presentan los mismos síntomas. Pero a nuestro hijo, gracias a Dios, se le pasó volando. Consiguió un par de días extra de vacaciones, varios sobres de cromos de National Geographic, y cantidades ingentes de besos y mimos:-)
Los viernes, y a veces cuando no hay colegio al día siguiente, solemos montar en casa una sesión de cine con palomitas después de cenar (o antes, o durante la cena). "¡Hoy toca peli!" es lo que dice nuestro hijo mayor, y se acomoda en el sofá mientras decidimos qué se va a ver.
La primera película "de personas" que mis niños consintieron ver fue Babe, el Cerdito Valiente, y ciertamente no les defraudó. En casa la vemos con bastante frecuencia (la última vez, la semana pasada) y es que es una pequeña joya. Seguro que ya todos la conocéis, porque es muy famosa y ya tiene sus años.
Basada en un libro de Dick King-Smith, se estrenó en 1995, y fue todo un éxito de taquilla y de crítica. Consiguió siete nominaciones a los Oscar, y ganó el de Mejores Efectos Especiales, derrotando, dice la wikipedia, a los astronautas de Apolo XIII.
¿Por qué les gusta a mis niños?
Salen animales (muchos reales, y algunos de esos animatronics), no en vano la peli se titula Babe, el Cerdito Valiente (o como titularon en otros países, "el Chanchito Valiente" o "el Puerquito Valiente"). Está ambientada en una granja de ovejas, por lo que también aparecen perros, vacas, caballos, ratoncitos, patos... ¡Y todos hablan! Que le haga pis encima de las botas al granjero es un plus.
¿Por qué me gusta a mí?
Es un peliculón para toda la familia. Es muy entretenida, y está muy bien hecha: dividida en capítulos, como si estuviéramos leyendo el libro, con una música estupenda; y por si fuera poco transmite unos valores muy buenos: bondad, respeto, amor, no prejuzgar a nadie, no conformarse con hacer lo que los demás esperan que hagas, luchar por los sueños...
¿Qué no les gusta a mis niños?
La gata, el camión del matadero y ese sitio donde no se atrevían a entrar los animales.
¿Qué no me gusta a mí?
Soy muy llorona. Lloré al principio cuando Babe es separado de su madre, y lloré al final de todo (pero no de tristeza;-)). Supongo que hay niños muy sensibles que también pueden llorar (los míos, sin ir más lejos).
Otra escena delicada es la del veterinario que sugiere castrar a un perro: Dice "chin chin" y hace el gesto de cortar con una tijera. Mis niños aún no han preguntado qué significa eso. Preparad posibles respuestas por si los vuestros lo hacen.
También a alguno le puede afectar lo de matar animales para comer: el granjero sale con una escopeta, y también afilando un cuchillo, quizá haya padres que piensen que no es adecuado para niños pequeños. No se ve que maten a ninguno, pero lo hacen (¡y se lo comen!). A mí me parece educativo (los filetes de pollo no crecen en los árboles, ¿no?), otros lo encontrarán cruel y sádico. De hecho la película puede considerarse un alegato en favor del vegetarianismo, el propio James Cromwell (el actor que hizo de granjero) es vegetariano desde entonces, y defensor acérrimo de los animales (con detención policial incluida junto a varios activistas del grupo PETA). La frase Sin duda, la primera de la película: "Esta es la historia de un corazón sin prejuicios, y de cómo cambió nuestro valle para siempre".
El tráiler No he podido encontrar el tráiler en castellano, os lo dejo en inglés.
La escena
Aquí os dejo una de mis escenas favoritas, en ella el granjero le canta al cerdito para que se anime. La letra de la canción viene a decir algo como "Si tuviese palabras con que poder alegrarte el día, te cantaría una mañana nueva y dorada; haría que este día durase para siempre, y te daría una noche bañada en la luz de la luna":
Sin duda os recomiendo a todos encarecidamente esta peli, del mismo modo que desaconsejo vivamente su secuela Babe, el cerdito en la ciudad, que no la aguanto!!!
A mí me encantó desde la primera vez que lo ví, y también la canción, que recordaba haber escuchado en las clases de inglés del colegio (¿alguien se acuerda de la EGB?). Así que la tenía de tono de llamada en el móvil. Por aquel entonces el Mayor era un tierno bebé poco amigo de los viajes en coche (aún no habíamos comprado los DVDs portátiles!). Hasta que un buen día, descubrimos que se calmaba al escuchar en mi viejo móvil "Los animales de dos en dos, uah, uah". No hace falta que os diga la de veces que se la pusimos, que se la cantamos, y la de trayectos que hicimos al son del uah uah. Y mira por dónde, pasaron los años, y descubrimos que el grupo gallego Luar na Lubre (con cantante portuguesa, por cierto) habían hecho una versión de esta canción tradicional irlandesa, y a mis niños les encanta. Y como da la casualidad de que hoy, 17 de mayo, es el Día das Letras Galegas (festivo en Galicia :-D), me pareció oportuno ponerla. Aviso que el vídeo no tiene muy buena calidad de imagen, y si alguien se sorprende de ver el barco vikingo, explicaré que una de las (numerosas) fiestas de Galicia incluye el Desembarco Vikingo en Catoira (al que por cierto nunca he ido, a ver cuando los niños sean mayores). Los gallegos somos así! Espero que os guste:-)
DE CÓMO CAMBIA EN LAS MADRES EL CONCEPTO DE FELICIDAD
La felicidad está en un día de playa, volver rebozados en arena y salitre, con las mejillas coloradas y los bolsillos llenos de conchas, rendidos los cuerpos ante un cansancio que no ha conseguido borrarles la sonrisa de los labios. La felicidad está en bajar con el coche una cuesta empinada, acelerando lo suficiente para que el estómago les baile un poquito y pidan otra, y otra, y otra. La felicidad está en que se queden dulcemente dormidos en tus brazos, acurrucados contra tu pecho, sintiendo el peso liviano de su cuerpecito, escuchando su respiración, oliendo su pelo. Y contemplarles mientras duermen, dejándose contagiar de la paz que irradian, siendo testigos de sus sueños más alegres, esos que les hacen sonreir primero, y estallar en carcajadas después. La felicidad está en sus besos, tan inocentes como mágicos, tan puros como cargados de amor, tan sonoros como llenitos de babas. La felicidad está en un baño, en el momento de vestirse, o en un cambio de pañal, cuando descubres cómo un niño se puede transformar en un saco de la risa, todo cosquillas, todo sonrisas, todo alegría. La felicidad está en compartir sus grandes logros: acabar un puzzle, construir la torre más alta, marcar un gol, hacer el dibujo más bonito. ¿Dónde quedó nuestro antiguo concepto de felicidad? ¿Ese plagado de sueños maravillosos, de proyectos fantásticos y de grandes ideas? Fue diluyéndose en el tiempo, desdibujándose durante nueve meses, para al final tomar una nueva forma no menos maravillosa, fantástica, y grande: porque ahora toda nuestra felicidad son ellos, toda nuestra felicidad es la de nuestros hijos.
No hace mucho tiempo, una chica con la que hablaba sentenciaba que "a las mujeres nos gusta que nos traten mal". Pues rica, será a ti, yo soy más de "a mí que me traten como a una reina". ¡Por eso me casé contigo, Papi! Y hoy, ocho años y tres niños después volvería a hacerlo sin dudar. TE AMO.