El camino de la maternidad no está exento de trampas, artificios engañosos en los que podemos tropezar, caer, o directamente hundirnos.
Una de ellas es la arraigada y muy extendida creencia de la obligatoriedad de tener hijos.
Hay que tenerlos "porque es lo que toca", porque se supone que es lo que "debe hacer" toda mujer llegada a una cierta edad, y el argumento definitivo de hoy en día, "porque todo el mundo lo hace". ¡Y yo que pensaba que los oscuros tiempos donde lo ÚNICO que se valoraba en una mujer era su capacidad reproductiva ya habían quedado atrás! Pues parece que no. Será que esa "necesidad" de engendrar un heredero (varón) que haga perdurar el apellido de la familia no es exclusivo de las películas... Siempre he pensado que los hijos hay que tenerlos por amor, por un deseo puro que nace del corazón, y no por costumbre, por conveniencia o por ridículas presiones sociales y/o familiares. Pero se ve que estaba equivocada. Y aún ahora hay parejas que tienen hijos sin mucho convencimiento "porque es lo que se esperaba" de ellos, para "cumplir" no sé cuál estúpida expectativa, o porque se dejan arrastrar por la inercia de "lo que siempre se ha hecho".
Otra de las trampas de la maternidad que cada vez cobra más fuerza es la de que no sólo es posible recuperar la figura que se tenía antes del embarazo, sino que ES NECESARIO hacerlo, y rapidito. De minar y bombardear a las embarazadas (y a su entorno) se encargan hábilmente los medios de comunicación, elevando a la categoría de diosas maternales (dignas de adoración, imitación y respeto) a las actrices/cantantes/modelos que no tienen otra cosa que hacer más que atender a la apremiante recuperación de su cuerpo, pues de la comida, la casa, otros hijos y seguro que también del bebé ya se encarga el personal contratado a tal efecto. Nos olvidamos de que esas mujeres viven de su físico, y al igual que un taxista debe tener su taxi siempre a punto, ellas tienen que tener su cuerpo siempre listo para embutirse en un vestido de la talla 36 y un sujetador de la 120. Porque nuestra sociedad es así de superficial, y ahora resulta casi inconcebible una cantante fea o una actriz con sobrepeso. Y en el momento en que esas mujeres se erigen en modelos a imitar... la cagamos. Porque aunque nosotras no vayamos a desfilar en el Victoria's Secret a los cuatro meses de parir, se nos "exige" que estemos estupendérrimas y buenorras, con la barriga plana y las piernas sin varices. Si ellas han podido, nosotras no tenemos excusa, aunque no tengamos un ejército de entrenadores, masajistas, instructores de yoga y de pilates, cocineros macrobióticos, cirujanos plásticos, peluqueros, maquilladores y estilistas a nuestra entera disposición. Y si no hemos podido hacernos el mommy makeover tras la cesárea programada, pues siempre nos quedará Corporación Dermoestética con su "Pack especial madres".
Y la trampa más tramposa de todas: la idea de que tener un hijo no afecta ni cambia a sus padres, por lo que se puede seguir llevando la misma vida que antes de tenerlo, con las mismas rutinas, los mismos hábitos, las mismas metas, las mismas prioridades. Pues no. Es completamente falso. Es ABSOLUTAMENTE IMPOSIBLE que la vida no cambie con un hijo en casa, que no se modifiquen los horarios ni trastoquen las costumbres, que los padres no cambien por dentro y por fuera, en su percepción, en su forma de ver la vida y encararla, en sus deseos, puede que incluso en sus palabras.
El camino de la maternidad no está exento de trampas, pero pienso que si nos lo proponemos, no es tan difícil evitarlas.








