DE FÚTBOL Y FRIKIS
No acabo de comprender la paradójica, omnipresente e irracional pasión futbolera de este país. Paradójica, porque si alguien se pone a presumir de España fuera de algún evento deportivo, es motivo más que sobrado para ser tachado de facha o fascista (al menos en mi ciudad esto es así); omnipresente, porque está en todos lados, en la tele, en la calle, en la publicidad... y también irracional, porque muchos abrazan este deporte como un devoto fervoroso se aferra a sus creencias.
Y no penséis que odio el fútbol, ni mucho menos (¡Forza Depor!), sólo que no me gusta ni un ápice todo lo que este mundo conlleva cuando la obsesión se traslada al universo infantil.
En primer lugar, no acabo de entender a los padres que, nada más dar sus primeros pasos, le ponen al crío un balón en los pies, no para que juegue y se entretenga de forma sana, sino con la intención y la esperanza de que se dedique profesionalmente a ello (inciso: lo mismo es aplicable a los que se empecinan en que sus hijos sean estrellas de la música, del cine, reinas de la belleza o primeras figuras de cualquier deporte, y para ello les amargan la existencia y les arruinan la infancia y de paso, la vida).
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Tampoco soporto el endiosamiento de los jugadores, ídolos a imitar sin tener en cuenta sus vidas fuera del campo, si son unos libertinos pendencieros, o violentos, o ludópatas, o drogadictos, o chulos engreídos, o ignorantes atrevidos, o vete tú a saber qué (se me vienen a la cabeza nombres y apellidos de futbolistas, nacionales y extranjeros, para todas y cada una de estas categorías). ¿De verdad queremos que nuestros hijos sean como ellos, por mucho dinero que ganen, y por mucho harén de modelos/actrices que tengan?
Y lo que peor me parece de todo es la obligatoriedad de que a los niños les tenga que gustar el fútbol. A día de hoy parece que es imprescindible y necesario. Aún recuerdo cuando algunos se empeñaron en que mi niño Mayor coleccionase cromos de fútbol: le compraron el álbum y varios sobres, e intentaban "inculcarle" el interés con argumentos tan convincentes y poderosos como "a todos los niños les gusta, tienes que ser como los demás". Todo en vano, por supuesto, pues lo único que han conseguido es exacerbar todavía más su aversión al balompié.
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Y ten por seguro que si a tu hijo no le gusta darle pataditas a un balón, la ignominiosa maldición del frikismo caerá sobre él: inevitablemente será el friki de los dinosaurios, o el friki de los libros, o el friki del violín, o el friki de la música clásica, o el friki de los bichos (en cambio nadie dice el friki del fútbol, qué curioso). Y luego ves a los niños no-frikis, esos que por supuesto van a clases de fútbol, y ves que no tienen más conversación que alineaciones de equipos, jugadas y partidos, y descubres que muchos de ellos son más egoístas que los demás (pero ¿no fomentaba el trabajo en equipo?), demasiado (por no decir asquerosamente) competitivos, con un mal perder increíble (¿dónde está eso del fair play?), y tramposillos que no veas (lo de tirarse en el área para simular penalty debe ser asignatura troncal).
¿Es esto lo que les enseñan en las escuelas deportivas? Pues apaga y vámonos.
Me quedo con mis frikis.
Me quedo con mis frikis.







