Querido diario:
Confieso que soy Doña Descafeinada. Es cierto que el Nescafé de la tapa roja ya era amigo mío de hace muchos años, de cuando cualquier cosita me dificultaba conciliar el sueño; pero fue a raíz de mi primer embarazo cuando nos convertimos en íntimos. Y lo mismo para la Coca-cola sin cafeína, huésped asidua de mi nevera.
Confieso que soy Doña Descafeinada. Es cierto que el Nescafé de la tapa roja ya era amigo mío de hace muchos años, de cuando cualquier cosita me dificultaba conciliar el sueño; pero fue a raíz de mi primer embarazo cuando nos convertimos en íntimos. Y lo mismo para la Coca-cola sin cafeína, huésped asidua de mi nevera.
Tres embarazos, tres lactancias y tres destetes después, sigo consumiendo mayoritariamente bebidas sin cafeína. Porque aunque ahora lo único que me quita el sueño sean los problemas -presentes o futuros, pequeños o grandes, reales o improbables- de mis niños, me gusta compartir con ellos, de vez en cuando, un poquito de cacacola sin cafeína, en vaso de dibujos y con pajita de colorines.
Y del mismo modo espero también compartir, el día de mañana, muchas tazas de café (con o sin cafeína) con ellos. Y de chocolate. Y de leche. Y de lo que sea.








