"Todos los animales tienen su voz", dice la primera línea de uno de los cuentos preferidos de mis hijos. Bueno, en rigor, dice "Todos os animais teñen a súa voz", pues en casa lo tenemos traducido al gallego.
Luego hacen un repaso por los sonidos que emiten algunos animales (que por supuesto, intentamos reproducir fielmente, ya os podéis imaginar lo que disfrutan los niños): El perro ladra, el gato maúlla, la gallina cacarea, el tigre ruge... Y aquí es cuando aparecen los chicos de Ylvis cantando "What does the fox say?"...
... NOOOO, ¡¡¡¡ES BROMA!!!! :-) (lo siento, es que no pude resistirme...)
Entonces aparece la jirafa.
La jirafa no tiene voz.
¡Y la pequeña jirafa, menos!
Pero la jirafa tiene un cuello muy largo…
Tan largo que, con él,
puede acariciar a su jirafita.
¡Y la pequeña jirafa, menos!
Pero la jirafa tiene un cuello muy largo…
Tan largo que, con él,
puede acariciar a su jirafita.
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En su versión original el cuento se titula "No hace falta la voz", y en la página web de la editorial (OQO) el propio autor, Armando Quintero, realiza una reseña (que podéis leer AQUÍ) en la que nos habla de su mensaje y su contenido: aunque las jirafas no tienen voz, se comunican a través de los mimos, los abrazos y las caricias. Y la pequeña jirafita decide enseñarle este lenguaje a su amigo el elefantito, que a su vez se lo enseña al tigre, y éste al lobo, y éste al caballo... y así sucesivamente, de modo que todos descubren finalmente que “a menudo, no necesitamos las palabras para decir ‘te quiero’ o
‘te amo’, un gesto es mil veces más importante”.
Me encanta este cuento. Lo encontré por casualidad, mientras buscaba otro libro (que no tenían) en la librería, y de inmediato me llamaron la atención el título y las hermosas ilustraciones de Marco Somá.
Antes de nada, confieso mi ignorancia sobre el tema de las jirafas. ¿En verdad tienen voz o no? En un primer momento pensé que no era un dato relevante, pues es tan sencillo creer una cosa cuando está tan bellamente contada... pero al final acabé consultando la gran fuente del saber (la wikipedia, claro) y hete aquí que lo confirmaba: Jirafa (Giraffa camelopardalis): "El sonido que emiten gracias a sus enormes pulmones no es audible para
el oído humano, ya que se comunican entre ellas y otros animales a
través de infrasonidos."
(Por cierto, que también dice que su "lengua es de color negro, y es tan larga (unos 60-65 cm) que le permite usarla para limpiarse las orejas", sin duda un dato fascinante para los más pequeños) ;-) Nunca te acostarás sin saber una cosa más. (Y otro por cierto, ¿será que yo también emito infrasonidos cuando hablo de "recoger los juguetes", "lavar los dientes", "apagar la tele", "hacer los deberes"... y por eso no me oyen?)
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Volviendo al cuento, confieso también que la primera vez que se lo leí a mis niños me emocioné hasta mojar la pestaña. Quizá aquel día tenía un momento llorón (como ocurre el 90 % del tiempo), o quizá las lágrimas me vinieron porque constanté que era absolutamente cierto, que en infinidad de ocasiones no hace falta voz alguna para demostrar nuestros sentimientos. El clásico "una imagen vale más que mil palabras", pero en vez de una imagen un gesto, un mimo, una caricia. Cuántas veces nuestros niños los necesitan y nos los piden con sus palabras o con sus ojos: Si se hacen daño, necesitan un beso; si tienen miedo, un abracito; si hacen algo bien, buscan una caricia, un revolver el pelo, un pellizcar el moflete. Pienso que para ellos estas muestras físicas de cariño tienen más valor que unas simples palabras, aunque no estén dichas con desgana ni con la atención puesta en otra cosa (como a veces hacemos los adultos), pues realizar estos gestos nos obliga a acercarnos a ellos, a ponernos a su altura, e involucra todos nuestros sentidos: el oído al escuchar sus te quiero, el tacto de los abrazos y las caricias, la vista de su cara pegada a la nuestra, el olfato al percibir su olor característico, y el gusto, si los besos vienen con extra de babas. En este sentido, mis hijos son bastante besucones y sobones (en el buen sentido, ¿eh?), buscan mucho el contacto físico, y de ellos surge muchas veces el dar un beso o un abrazo. Es algo espontáneo, fruto del cariño, y me entristece un poco cuando algún adulto sale con lo de "éste me quiere pedir alguna cosa". Pues no, no pide nada, es un niño (todavía) inocente, y no pide, sino que da.
El cuento de la jirafa nos recuerda la importancia de las obras más que de la palabrería, y la necesidad de demostrar aquello que decimos. Pues de nada vale decirle a alguien "te quiero" si no va acompañado de gestos y de acciones (obras son amores y no buenas razones). Y esto no sólo a nuestros hijos, ni a nuestro marido, sino a cualquier persona por la que sintamos aprecio. Porque estamos tan acostumbrados a las palabras vacías, que necesitamos cargar nuestros gestos y nuestros actos. Cargarlos de amor, de bondad, y de autenticidad. Sin falsedades ni intereses ocultos, sin malicia ni dobles sentidos, sin motivaciones raras ni intenciones aviesas.
El cuento de la jirafa nos lleva a una realidad (utópica, claro, pero eso es lo maravilloso de los cuentos) en la que el elefante y el tigre se abrazan en vez de comerse, y el tigre y el lobo se abrazan sin rivalizar a ver quién es más feroz. Hermandad y unión, amistad y convivencia, diversidad y tolerancia. Qué cosas tan bonitas, hoy en día relegadas únicamente a los discursos baratos y sentimentaloides de los politicuchos de turno en busca del voto fácil (o de los famosillos de turno en busca del aplauso).
El cuento de la jirafa nos habla también del valor de los pequeños actos sin importancia. La jirafita inicia -sin saberlo- una cadena de abrazos que une a todos los animales. Un gesto desinteresado y en apariencia insignificante, que llega a convertirse en todo "un fenómeno de masas". Actuar correctamente, movido por lo que uno cree o siente o piensa, y no buscando las alabanzas, el reconocimiento, y los grandes titulares. Discreción vs Prepotencia, Humildad vs Chulería, Modestia vs Autobombo.
Por todo esto, y por mucho más, nos encanta este cuento. Y nos encanta acabarlo completando los puntos suspensivos de la última frase con nuestros nombres (que seguro que para eso los puso el autor):
-¡Te quiero, mamá!
-¡Te quiero, papá!
-¡Te quiero...
FIN
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