DE UNA HISTORIA DE MATERNIDAD EN 23 CANCIONES DE QUEEN
Esta historia comienza, como tantas otras, con esa cosita loca llamada amor: aparece un chico especial, ése tan guapo y simpático, ése que te trata como a una reina, ése que te hace sentir tan bien, y un buen día te dice "eres mi mejor amiga". Más adelante te asegura "nací para amarte con cada latido de mi corazón", y lo remata susurrándote al oído las palabras de amor definitivas: por fin ha encontrado a alguien a quien amar. Y claro, de ahí a desfilar al son de la marcha nupcial sólo hay un paso.
Empezáis a hacer proyectos juntos, a construir día a día vuestro hogar, y a compartir sueños, ilusiones, y una visión: formar una familia. Después de un año de amor, más o menos, la barriguita empieza a crecer al ritmo que marca la criatura que albergas en tu interior; y nueve meses más tarde nace el bebé: 50 cm. de ternura, 3.000 gr. de fragilidad y fortaleza que te miran, con ojitos hinchados aunque asombrosamente abiertos, como diciendo "ya estoy aquí", con una mezcla de temor y triunfo.
Vuelves a casa con el bebé bajo el brazo, esta vez sin epidurales que valgan, y vas encadenando episodios que consideras fracasos cuando realmente no lo son: dificultades en la lactancia, depresión postparto, cambios corporales que te han convertido en una de esas chicas de culo gordo, ignorancia, incomprensión, inexperiencia, un entorno hostil... Qué importante es, en estos momentos que te encuentras bajo presión, contar con el apoyo de tu media naranja que sigue recordándote, amoroso y paciente, "eres el amor de mi vida", y te ayuda a conseguir hacer este último avance en el puerperio.
Superada esta etapa, te adentras de cabeza y de lleno en la vorágine de la dinámica maternal. Pasan los días, y constatas que, aunque maravillosa, la vida como madre dista mucho de ser idílica. Es una vida difícil, donde se alternan los días fantásticos con los catastróficos, donde pasas de sentirte ufana al mando a pensar "me estoy volviendo ligeramente loca" (o completamente chiflada), con momentos de armonía gloriosa y otros de "¡Quiero liberarme!"
Pero lo más grave del asunto es que, por muchas situaciones vividas que te hayan hecho gritar "¡Socorro!, ¡Salvadme!", tu marido y tú no aprendéis, os va la marcha y sumáis uno o dos hermanos más a la fiesta, para que también participen en el juego.
Así es como te ves rodeada de churumbeles, tus campeones, tus príncipes del universo, que aunque muchas veces conviertan tu casa -y tu vida- en una leonera y un caos, también la colman de felicidad con una especie de magia singular que poseen desde su nacimiento, la magia con la que descubriste el significado verdadero y profundo del amor de madre.
Y es que los hijos, a fin de cuentas, no son nada más (y nada menos) que el milagro más bello.
