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miércoles, 22 de mayo de 2013

LA MATERNIDAD DE LA A A LA Z: B DE BONDAD

DE LO CONFUSO QUE PUEDE RESULTAR EL CONCEPTO DE BONDAD

Reconozco que el tema de la bondad me preocupa sobremanera, será por la cantidad de mala gente que anda suelta por ahí sin correa ni bozal. Hace varios meses escribí un post al respecto (¿Queremos niños buenos?), pero no se adecuaba exactamente al espíritu de este diccionario, así que vamos a escribir uno nuevo.
Antes de ser madres, tenemos muy claro qué significa ser bueno y qué no. Bueno es alguien que tiene bondad, es decir, una inclinación natural a hacer el bien, a ser amable y apacible de genio. Malo es lo opuesto: alguien nocivo, dañino, injusto, desagradable y molesto.
Pero cuando somos madres, o abuelas, o simplemente cuando tenemos a un niño cerca, pienso que muchas veces se nos activa una especie de chip, un extraño mecanismo que nos lleva a confundir el tocino con la velocidad, el ser bueno con el portarse bien. Y no es lo mismo ni de lejos.
Un niño bueno no es necesariamente el que se come todo cuanto le ponen por delante, ni el que duerme la noche del tirón, ni el que cuida mejor los juguetes, ni el que siempre contesta con educación cuando le preguntan. No es el que nunca grita, nunca rompe el pantalón por las rodillas, nunca coge un berrinche, y nunca llora. Esto es un niño que se porta bien, o en otras palabras, un niño que se ha sometido rápidamente a esas normas de urbanidad y cortesía de las que los adultos somos esclavos. 
La bondad es otra cosa.
Un niño bueno es desinteresado, noble y sincero. Muestra empatía, y no rechazo; cariño, y no desprecio. No se aprovecha de los demás, no se burla, no insulta ni margina. Y todo esto se puede hacer aún comiendo mal, siendo bruto, desordenado, e inquieto.
Y que nadie se crea eso de "todos los niños son muy crueles", porque no es cierto. Todos no. Los hay crueles y despiadados, malos y venenosos, porque así lo han aprendido de sus padres. Pero por supuesto que hay niños buenos, de corazón puro, sin malicia ni mala leche.
Por eso, como persona adulta, me esfuerzo por distinguir y dejar clara la distinción entre ser un niño bueno y un niño que se porta bien. Y como madre, siento que mi obligación es procurar que mis hijos sean, en primer lugar, buenos. Y en segundo, tercero, o quizá cuarto lugar, que se porten bien. 

miércoles, 23 de enero de 2013

¿QUEREMOS NIÑOS BUENOS?

SOBRE EL OCASO DE LA BONDAD

galeria.dibujos.net

bueno.
(Del lat. bonus).
1. adj. Que tiene bondad en su género.
2. adj. Útil y a propósito para algo.
3. adj. Gustoso, apetecible, agradable, divertido.
4. adj. grande (que supera a lo común). 
 5. adj. sano.
6. adj. irón. Dicho de una persona: Simple, bonachona o chocante. 
 7. adj. Dicho de una cosa: No deteriorada y que puede servir. 
 8. adj. Bastante, suficiente.

bondad.
(Del lat. bonĭtas, -ātis).
1. f. Cualidad de bueno.
2. f. Natural inclinación a hacer el bien.
3. f. Acción buena. 
4. f. Blandura y apacibilidad de genio.
5. f. Amabilidad de una persona respecto a otra. U. como fórmula de cortesía. 

Hace poco dejamos atrás la Navidad, esa época del año en la que muchos adultos sufren el “Síndrome de E.T.”, pues andan repitiendo a todo cuanto niño (propio o ajeno) se cruza en su camino aquello de “sed buenos” (otros lo llaman el “chantaje navideño”: si no eres bueno, no hay regalos).
Pues bien, he de decir que ¡¡¡es mentira!!! Me atrevo a afirmar que la mayoría de padres (al menos los que yo conozco y veo), por mucho que lo digan y lo repitan, NO QUIEREN HIJOS BUENOS. Lo que quieren son niños QUE SE PORTEN “BIEN” (que es una cosa muy distinta), es decir, que entren por el aro de lo socialmente esperado y aceptado: que se coman todo lo que les pongan delante, que no se muevan de la mesa, que se estén quietos en la fila, que no interrumpan cuando hablan los mayores, que no hagan ruido, que duerman solos y del tirón, que no rompan los libros ni los juguetes, que no manchen la ropa, que dejen el pañal de inmediato, que sean autónomos lo antes posible, que obedezcan sin rechistar, a los que se les pueda llevar a cualquier parte de lo “bien educados” que están, y que destaquen en todas las actividades académicas, deportivas y artísticas en las que les apunten. En resumen, hijos que NO MOLESTEN A LOS PADRES y que LES DEJEN QUEDAR EN BUEN LUGAR (una especie de niños-trofeo a los que poder exhibir).
Pero no les preocupa en absoluto que sus hijos tengan bondad (primera acepción de la palabra), pues todo el mundo sabe que, en nuestra sociedad, ser bueno significa directamente ser tonto (acepción número seis). ¿Y alguien quiere que su niño sea tonto? ¡Ni mucho menos!

El mundo (menores de edad incluidos) se divide en listos y tontos, espabilados y lentos, los que sólo van a lo suyo y los que se preocupan por los demás, ganadores y perdedores, abusones y abusados.
La vieja dicotomía bueno-malo ya no está de moda, forma parte de ese pasado idílico que reflejan algunas películas, como las de caballeros, vaqueros o espadachines, donde la distinción entre el bien y el mal estaba clara, donde el honor y la lealtad lo eran todo, donde el valor de una promesa o de la palabra dada era superior incluso a la ley.
¿Y ahora? Ahora todo el mundo se llena la boca con las modernas estupideces de “todo es relativo”, “hay muchos grises”, y “no todo es blanco o negro”, para así poder justificar a quien convenga cuando interese. Ahora lo fácil, lo cómodo, lo que sale gratis, es hacer el mal, mentir, engañar, incumplir, manipular, abusar y aprovecharse de los demás (siempre procurando que no te pillen, claro). Porque nos creemos superiores a las leyes divinas, hemos inventado nuestro propio código moral (“todo es bueno, siempre y cuando me beneficie a mí”), y las leyes del estado, como es bien sabido, están para burlarlas y trampearlas. Y esto es lo que muchos, consciente o inconscientemente, enseñan a sus hijos. Y vaya si lo aprenden.
Miro a mi alrededor y cada vez veo más niños con un pequeño, incipiente y preocupante grado de maldad (por supuesto que no hablo de bebés ni niños chiquitines, qué van a saber ellos que pegar es malo, o que no se debe escupir, o que está feo insultar a alguien). Hablo de niños a partir de 4-5 años que insultan con la peor de las intenciones, que sueltan el comentario ocurrente y gracioso para herir al débil y hacer reír a los demás, que dejan de lado a otros y los marginan, que humillan y se burlan del resto, egoístas e interesados a más no poder, que se aprovechan de quien sea para su propio beneficio, que son incapaces de mostrar compasión, solidaridad o empatía por alguien que está sufriendo, que hacen daño a propósito sin reparar ni por un segundo en las consecuencias. Niños criados bajo las leyes del “¿Y qué?”, del “Yo soy así” y del “A mí que me importan los demás”.

“Todos los niños son así”, dicen unos; “Es que los niños son malos y muy crueles”, dicen otros; “Son cosas de niños, no hay que tomarlas en cuenta”, dicen los demás. Y NO ES VERDAD.
Para empezar, no todos los niños son así. Claro que hay niños buenos, que precisamente no tienen por qué ser los que “mejor se portan” a ojos de los demás, ni los que más llaman la atención.
Tampoco los niños per se “son malos y crueles”, sino que son, en gran medida, como les enseñan a ser (más con los ejemplos que con las palabras, claro).
Y no son “cosas de niños”, sin importancia, sino “cosas de padres”, muy graves. Padres más preocupados por el rendimiento escolar de sus hijos que por su enriquecimiento y su formación como personas. Padres orgullosos de que sus hijos sean huraños y ariscos (“A ver si te crees que te lo vas a ganar tan fácilmente, a mi hijo no le saca cualquiera una sonrisa, menudo es él”), orgullosos de que sean respondones y agresivos (“Es que mi hijo tiene un temperamento…”), maliciosos y manipuladores (“Pero qué listo es mi niño”). Padres que confunden la desenvoltura con la mala educación, la familiaridad con la cara dura, y la inteligencia con la maldad. Padres que consideran la bondad una tontería, la amabilidad una artimaña (“Me ha dicho un piropo, este niño me quiere pedir algo”), mostrar los sentimientos una debilidad (“Déjate de besos y abrazos/déjate de llorar, que pareces un bebé”) y el buen carácter una tara (“¿Y cómo no le pegaste tú también? ¿Es que eres tonto?”). Padres con la política de no intervenir en los conflictos de sus niños (“Que espabile y lo arreglen entre ellos”). Padres más interesados en saturar a sus hijos con actividades extraescolares que en cultivar en el hogar un clima de amor, respeto y confianza entre padres, hijos y hermanos (si los hubiera).

Entonces, qué esperar de unos padres y una sociedad en la que se ensalzan los comportamientos negativos de un niño:
-“Fíjate en mi hijo” -gesto de orgullo- “Qué espabilado y qué listo es, que cogió la pelota del otro niño, le empujó y le dejó llorando. Es que tiene un carácter…, ja, ja.”
Qué esperar de unos padres y una sociedad que considera “anormal” que un niño sea bueno:
-“Uuuuy” -mueca de preocupación- “Tu hijo es demasiado bueno, lo va a pasar muy mal en la vida, tienes que espabilarlo, ¿eh?, sino todos le van a mear en la cabeza.”
Algo va mal en la sociedad cuando ser “demasiado bueno” se considera un defecto, mientras que ser un pequeño cabroncete (con perdón) es positivo, sinónimo de inteligencia y muestra de carácter (claro, de un carácter nefasto e indeseable, el día que te la haga a ti a ver si te parece tan admirable), algo que se aplaude, se alienta y se fomenta. Porque así nadie se va a meter con mi niño, así nadie va a poder con él, así se va a dar a respetar, así va a triunfar en la vida (a costa de qué, eso no importa).

Luego nos tiramos de los pelos ante los jóvenes y los adultos apáticos, insensibles, insolidarios, o directamente malas personas, perversos, indeseables, canallas. Ahí sí que no les reímos las gracias: “Qué espabilado y qué listo es, que vio al otro ahogándose en el río y no se acercó por si se mojaba la ropa”, “Es que robó todo el dinero de la empresa y dejó a veinte familias en la calle, ja, ja, es que tiene un carácter…”

No sé los demás, pero yo, desde luego, quiero que mis niños sean felices (como reza el nombre de este blog) y que sean, por supuesto, niños (y el día de mañana hombres) buenos. De bondad, y de verdad.

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