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martes, 3 de septiembre de 2013

CONFESIONES: SOMOS UNOS PADRES MENTIROSOS

DE CÓMO MENTIMOS Y ENGAÑAMOS A NUESTROS HIJOS


Pues sí. Lo confieso públicamente: somos unos padres mentirosos con nuestros hijos. Les mentimos cuando decimos que el garabato que acaban de hacernos es una obra de arte maravillosa. Cuando aseguramos que jamás hemos visto un muñeco tan bien recortado como la figura decapitada que nos están enseñando. Cuando nos deshacemos en halagos ante el dibujo que parece un rinoceronte aunque nos garantizan que es un coche. Mentimos también cuando les decimos que la vacuna apenas les va a doler, o cuando afirmamos que esa astilla clavada en el dedo saldrá casi sin que lo noten. 
Pero el súmmum de nuestras mentiras, el culmen de nuestros engaños viene cuando les hacemos creer en personajes imaginarios como el Ratoncito Pérez o los Reyes Magos.
Y persistimos en nuestros embustes, y hacemos que nuestro hijo de casi siete años (que ya casi debería ir y volver sólo del colegio, que ya casi debería tener móvil e ir al parque y a la playa sin supervisión adulta) le deje el diente que le acaba de caer bajo la almohada a un roedor inexistente, y le alentamos cuando le quiere dejar un quesito, y fomentamos el engaño dando el cambiazo al diente, con alevosía y nocturnidad, dejando unas monedas de chocolate y otras monedas de verdad.


Y en Navidad caemos nuevamente en el engaño de Papá Noel y los Reyes Magos, en la mentira de dejarles unos regalos que atribuimos a unos seres fantásticos. 
En lugar de anclarles los pies firmemente en la tierra, les llenamos la cabeza de pájaros, y les hacemos andar en las nubes de la imaginación y la fantasía. 
¿Y por qué? Porque nos empeñamos en que vivan una infancia de ilusión irreal, en vez de procurarles una de realidad rigurosa e instructiva. Educamos niños crédulos e ingenuos, en lugar de hacerlos espabilados, descreídos y listos.
Así de mentirosos e impresentables somos. 

 

miércoles, 12 de septiembre de 2012

UN ROEDOR EN CASA

DE CÓMO SE HACEN CADA VEZ MAYORES



Hoy el primogénito empezó el cole. Primero de primaria. 
Adiós a los mandilones, a escribir con lápiz y a trabajar sólo con fichas. Ahora empezará a usar bolígrafo, a llevar mochila y a traer deberes a casa. Tendrá que lidiar con profesores nuevos, y con libros de texto de tropecientas páginas que espero puedan heredar sus hermanos.

-Mamá, tengo miedo del cole.
-¿Por qué?
-Porque no va a estar la profe Charo.
-Pero tendrás otros profes estupendos, que te van a cuidar y a querer tanto como te quiere Charo.

Además, anoche, por primera vez, el Ratoncito Pérez visitó nuestra casa.
-Mamá, ¿el Ratoncito Pérez existe?- me preguntó antes de quedarse dormido.
-¿Tú crees que existe?- le pregunté yo.
-Sí.
-Pues claro que existe, mi niño.
-¿Y qué vas a hacer si de noche te despiertas y lo ves?
-Coger una escoba y darle unos buenos mamporros. O mejor gritar, y llamar a papá para que lo eche fuera, que a mí los ratones me dan mucho asco.
Y él se moría de risa.

Y esta mañana, bajo la almohada, encontró un sobre de pegatinas de animales, una moneda de chocolate, dos monedas de verdad (para comprar más pegatinas, claro), una bolsita de gominolas y un vale por un trozo de tortilla de patatas.

Y papá le llevó al cole. Con miedo, pero valiente. 
Un curso más, y un diente menos. 


"Todo el mundo puede hacerse mayor. Lo único que se requiere es vivir el tiempo suficiente" (Groucho Marx)


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