DE CÓMO MENTIMOS Y ENGAÑAMOS A NUESTROS HIJOS
Pues sí. Lo confieso públicamente: somos unos padres mentirosos con nuestros hijos. Les mentimos cuando decimos que el garabato que acaban de hacernos es una obra de arte maravillosa. Cuando aseguramos que jamás hemos visto un muñeco tan bien recortado como la figura decapitada que nos están enseñando. Cuando nos deshacemos en halagos ante el dibujo que parece un rinoceronte aunque nos garantizan que es un coche. Mentimos también cuando les decimos que la vacuna apenas les va a doler, o cuando afirmamos que esa astilla clavada en el dedo saldrá casi sin que lo noten.
Pero el súmmum de nuestras mentiras, el culmen de nuestros engaños viene cuando les hacemos creer en personajes imaginarios como el Ratoncito Pérez o los Reyes Magos.
Y persistimos en nuestros embustes, y hacemos que nuestro hijo de casi siete años (que ya casi debería ir y volver sólo del colegio, que ya casi debería tener móvil e ir al parque y a la playa sin supervisión adulta) le deje el diente que le acaba de caer bajo la almohada a un roedor inexistente, y le alentamos cuando le quiere dejar un quesito, y fomentamos el engaño dando el cambiazo al diente, con alevosía y nocturnidad, dejando unas monedas de chocolate y otras monedas de verdad.
Y en Navidad caemos nuevamente en el engaño de Papá Noel y los Reyes Magos, en la mentira de dejarles unos regalos que atribuimos a unos seres fantásticos.
En lugar de anclarles los pies firmemente en la tierra, les llenamos la cabeza de pájaros, y les hacemos andar en las nubes de la imaginación y la fantasía.
¿Y por qué? Porque nos empeñamos en que vivan una infancia de ilusión irreal, en vez de procurarles una de realidad rigurosa e instructiva. Educamos niños crédulos e ingenuos, en lugar de hacerlos espabilados, descreídos y listos.

