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miércoles, 4 de septiembre de 2013

LA MATERNIDAD DE LA A A LA Z: Ñ DE ÑAM ÑAM

DE PLATOS DE COCINA Y PALETAS DE PINTOR
mentesdulces.es

Cocinar es, sin duda, todo un arte. En mi caso es como la pintura. Unas veces los platos me salen al óleo (por lo grasientos), y otras al carboncillo (por lo quemado); unas veces se acercan al Tenebrismo (no por el uso del claroscuro, sino por ser tan tenebrosos que resultan incomibles), y otras al Impresionismo (por la impresionante sorpresa de que hayan salido tan buenos).
Comprenderéis ahora por qué no me dedico a la pintura, y por qué se me da tan mal cocinar. Además, lo odio. ¡Y aún así lo hago! Cocina de supervivencia, lo llamo yo. Porque la maternidad me ha traído bajo el brazo la aborrecible y tediosa obligación de ser una cocinillas. Porque los niños no van al comedor, el chef macrobiótico se ha ido de vacaciones, y algo tienen que comer.
Por si esto fuera poco, en mi familia hay un nivel gastronómico-culinario muy elevado: gente provista de Thermomix, gofrera, fabricador de pan o máquina para hacer donnettes. Gente a la que no le tiembla el pulso a la hora de preparar un menú para diez adultos y media docena de niños. Gente capaz de lidiar con un asado en el horno, menestra, arroz, mejillones y vichyssoise en la vitro, patatas en la freidora y brochetas de pollo en la plancha, todo al mismo tiempo, y todo sin despeinarse, sin quemarse, y sin perder la compostura.
En medio de esta gente me muevo yo, experta en carbonizar champiñones y pegar lentejas, la única persona que conozco a la que se le hayan quemado unos huevos cocidos, que se estresa si tiene una sartén en el fuego, le entran sudores fríos si tiene dos, y taquicardias si le añadimos otra cacerola. 
Para rematar la faena tenemos a las tres criaturas, que no podían ser de buen diente como su padre, no, tenían que salir los tres quisquillosos con la comida, y cada uno con lo suyo. Y es que no existe un plato que les guste a los tres (los gusanitos y los sugus no son alimentos), por lo que toca hacer tres o cuatro platos diferentes en cada comida. Si uno es de fabada, el otro de lentejas. Si uno de filete, el otro de macarrones. El de las albóndigas no prueba la pizza, y el de la sopa no quiere oír hablar de bistecs. Uno desayuna colacao, otro leche sola, uno galletas, y otro magdalenas. Uno le quita el atún a la ensaladilla, y otro deja las zanahorias. Y el otro, según tenga el día, comerá todo o no tocará nada.
Si es que ni al Burriquín se puede ir con ellos, pues SÓLO comen las patatas fritas (y con suerte la manzana troceada).
Y que nadie me venga con el rollo de "los has acostumbrado así". No, mamá, yo a los tres los "acostumbré" a lo mismo, pero resulta que cada uno tiene sus propios gustos y preferencias, gustos que, afortunadamente, van cambiando con el tiempo. 
Y este es mi consuelo, la luz que me guía en la densa negritud de mi labor gastronómica, el refugio donde me cobijo a salvo de los embates violentos de la tempestad culinaria: la esperanza de que, en unos años, sus gustos cambiarán y se volverán más omnívoros, y los tres se sentarán a la mesa salivando, al grito de ¡ÑAM ÑAM!, deseando con ansia comer el único plato que ha tenido que preparar su santa madre con cariño.
Porque eso sí, cocino mal, con desgana y porque no me queda otra, pero cocino con mucho amor. Lástima que el amor no alimente.  


domingo, 18 de agosto de 2013

TOP FIVE LOS ALIMENTOS MÁS PRINGOSOS Y ASQUEROSOS

DE CÓMO PUEDEN LLEGAR A MANCHARSE LOS NIÑOS CON DETERMINADAS COMIDAS

WARNING: Este post se prevé sucio y cochino. Se recomienda a las personas de constitución débil y/o sensibilidad delicada que abandonen el local.

#5 Los chupachups
Pequeño pero matón, el chupachups es una chuchería (no precisamente un alimento) de gran poder guarreante, sobre todo en manos inexpertas (de 3-4 años para abajo). Al principio todo va bien, todo son sonrisas y "Mira qué mono el niño, qué gracioso agarrando el chupa con su manita, y mira qué bien lo come". Al cabo de cinco minutos la cosa cambia. El niño sigue aferrado a su chupa (como si la vida le fuera en ello), o puede que literalmente se le haya pegado a la mano. La fatal combinación saliva-chupa ya ha comenzado a hacer estragos en la cara del niño (de la nariz para abajo todo es de una brillantez y pegajosidad extremas), seguro que también en su mano, y puede que tal vez en su ropa. Ver caer densos goterones pringosos de la barbilla a la camiseta de tu hijo es todo un espectáculo, preferible, no obstante, al de ver cómo ese caramelo con palito del demonio se le pega a tu niño en el pelo. Sudor y lágrimas cuesta quitárselo.   

El primer chupa del Mediano en su primer cumpleaños.
Concentración absoluta, máxima guarrada.
Migas de gusanitos incluidas. 

#4 Los helados
Sobre todo los que vienen con cucurucho o palo (otro palito del demonio, como el de los chupachups). Da igual que sean de crema o de hielo: la guarrada está garantizada, siendo ésta directamente proporcional al tamaño del helado en cuestión. Otras variables a tener en cuenta son el calor circundante y la rapidez a la hora de comer. Niño con ritmo alimenticio pausado + 35º C + Pirulo de hielo de 50 cm.= DESASTRE TOTAL.
Por supuesto, que nadie subestime el poder pringoso de un helado diminuto: he visto niños que se ponen perdidos con un triste Fantasmiko de limón, derretido en cuestión de segundos, y goteando por dedos, barbilla y codo. La ropa (y objetos colindantes) ni os cuento cómo quedó.

El primer helado del Mediano:
unas chupaditas a un Calippo de piña (cosa del Papi)
Palabras mayores son los casos de los helados de chocolate, lo que nos lleva al tercer puesto de nuestro ránking.


#3 El chocolate
¡Aaaah! El chocolate, alimento celestial, pura delicatessen, manjar entre los manjares, y la cosa más guarra que podamos imaginar en manos de una criaturita. Y es que, claro, los niños -normalmente, que para todo hay excepciones- lo adoran, y se presenta en formas y texturas tan múltiples y variadas que es imposible que alguna no seduzca a nuestros infantes: paraguas, monedas, huevos, tabletas, chocolatinas, crema, sirope, helado, líquido, relleno de bollos, cubierta de tartas... 
Que levante la mano el que no haya tenido que lidiar alguna vez con manchas pringosas de chocolate en cuerpos, prendas, juguetes, aparatos electrónicos o digitales y demás. 

#2 La salsa de tomate
En dura pugna con el chocolate, en segundo lugar nos encontramos con la peligrosa salsa de tomate. En asociación con las patatas fritas, es una adversaria temible, y con los spaghetti, directamente letal. Sobre todo teniendo en cuenta la dificultad que supone cogerlos, que inevitablemente hace que los niños se transformen en vikingos comiendo con las manos, ya sea a puñados, o -si hay más destreza y suerte- con la punta de los dedos. Si a esto le añadimos esa fea costumbre que tienen muchos de comer los fideos por succión, y que convierte sus minúsculas bocas sorbedoras en aspersores de salsa... la guarrada está servida.
Sólo resta armarse de paciencia, recoger los trozos de spaghetti caídos en el suelo, en la mesa, y en la silla, y limpiar la salsa de tomate del suelo, de la mesa, de la silla, de las manos, de la cara, del pelo, del mantel, y de toda la ropa. Y que levante la mano el que no haya tenido que volver a lavar más de una vez alguna prenda con manchas de salsa de tomate incrustada y persistente, que por mucho que nos lo vendan, no salen a la primera ni con Colón, ni con Ariel, ni con Vanish Oxi-action. 

#1 Las galletas Oreo
Y en primerísimo lugar... tachán tachaaaán... ¡Las galletas Oreo! ¡La cosa más guarra que haya parido la imaginación gastronómica humana! Vendidas como galletas de chocolate rellenas de crema, son una auténtica bomba negra de relojería pringo-asquerosa, de principio a fin y de cabo a rabo. Al poco de cogerlas, los niños ya tienen los dedos negros, las uñas negras, los dientes negros y la boca negra. Su textura sólida rápidamente deja paso a una pasta negruzca, que manos hábiles y diminutas no tardarán en extender por cualquier superficie que esté dentro de su radio de acción (o incluso más allá): manteles, ropa, paredes, juguetes... 
Y si alguien piensa que la guarrada ya ha acabado una vez los niños están comidos y limpiados... ¡Error! La pringosidad continúa hasta que la dichosa galleta Oreo (convertida en bolo alimenticio y posteriormente bolo fecal) llega a su destino final: el W.C. Porque, amigos de lo inquietante, la galleta de marras le confiere a la caca de nuestros churumbeles un no menos inquietante, preocupante, y alarmante color negro, como si se hubieran medicado con hierro o hubieran estado merendando alquitrán. ¿Acaso es normal? ¿Puede esto ser sano? ¿Qué clase de colorante llevan que hasta las cacas salen negras negras negras?


El Mediano comiendo tranquilamente galletas oreo. 
Mami, ¿por qué me miras así?
¡Acércate que te doy un beso y un abrazo!

¿Qué conclusión podemos sacar de este Top Five? Pues que los alimentos más apetitosos son los más pringo-asquerosos, que una comida sin espectáculo es menos comida, que los fabricantes de detergente también tienen que vivir, que una madre tranquila a la hora de comer es una ilusión óptica, y que por mucho que en los anuncios de la tele repitan una y otra vez "ensuciarse es bueno", ¡es mentira! Es malo, y una auténtica cochinada. 

P.S. Aunque aquí sólo aparecen fotos del Mediano, que nadie piense que el Mayor y el Pequeño son muy delicaditos comiendo. Más bien al contrario, cuando ellos se ensucian no hay tiempo de coger la cámara de fotos, sino que hay que correr a por las toallitas. 

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