En la entrada del colegio de mis niños hay varias puertas de acceso. Por las del flanco izquierdo entran los de Infantil. Por las del derecho, los de 1º y 2º de Primaria. Y el resto, por las del medio.
Los pequeños de Infantil cuentan, además, con varias líneas pintadas en el suelo, de azul o rojo, que delimitan las filas en las que los alumnos se colocan por curso y aula. Así, los de 3 años A tienen su propia fila para entrar, los de 3 años B la suya, al igual que los de 4 años y que los de 5. Luego está la línea blanca, que delimita el perímetro alrededor de las filas de los niños. Se supone que esa línea es la barrera tras la que los papás, abuelos, cuidadores, o demás adultos responsables debemos permanecer tras dejar a los niños en su fila. El espacio es reducido, y la visibilidad escasa. Y la educación de algunos adultos, más escasa todavía: la mayoría de padres respetamos la línea, pero siempre hay algún listillo, algún avezado, algún aguililla que no sólo la traspasa, sino que practicamente se planta en la fila de la clase, como si fuera un alumno más. Y hete aquí que SIEMPRE son los mismos. Y allí quedamos el resto, tras la línea blanca, con cara de tontos, mientras los "guays", los "atrevidos", los "inconformistas" y los "rompedores" van a colocarle la horquillita en el pelo a la niña, que se le ha torcido (y ya se quedan, para qué moverse), o a darle cuatrocientos cincuenta besos al niño, o a atusarle el flequillo, o a simplemente estar ahí, pegado a su hijo, dificultándonos la visión a los demás ("¿Viste si entró mi hijo?", "Sí, creo que vi entrar a alguno de rizos"), y de paso molestando y metiendo el culo en la cara al resto de niños (porque queda a la altura, porque el espacio es limitado y porque la multitud de infantes aprieta). Y no se te ocurra decirle a alguien que se aparte de la fila, pues -como le sucedió a mi marido- puede saltarte a la yugular algún Machomanfather o alguna Broncamother para montarte un follón.
Así que permanecemos detrás de la delgada línea blanca, y nos encomendamos a la Providencia para que el niño que dejamos en la fila acabe finalmente entrando en el cole, y no cambie de opinión y dé media vuelta, y que nadie vea nada entre tanto adulto maleducado y caradura.
Y otras veces pensamos "hay que ver qué clase de madre soy, qué poco quiero a mi hijo, que no estoy en la fila con él sobándole y besuqueándole hasta que llega a la puerta".
Y recordamos las notas que se cansan de mandar desde la dirección del centro, y las palabras de las profesoras, y las de la jefa de estudios para que los padres dejen sitio a los niños, y comprobamos cómo todas caen en saco roto.
Y salimos del colegio, y en el camino de vuelta nos cruzamos con dos o tres padres -SIEMPRE los mismos- que van con toda la parsimonia del mundo a llevar a sus hijos 5 ó 10 minutos después de la hora, y tú que has madrugado con los tuyos, que has tenido que correr, acelerar, y andar con mil prisas, sonríes y saludas, y sientes que -otra vez- se te pone cara de tonta.
Y constatas, una vez más, que el mundo está en manos de los listillos, de los que piensan que están por encima de normas, de líneas, y de horarios. Y sabes que sus hijos muy probablemente imitarán y perpetuarán este comportamiento caradura, insolidario e irrespetuoso, mientras que los tuyos, muy probablemente, acabarán heredando el comportamiento cívico, el intentar hacer bien las cosas, y la cara de tonto.