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jueves, 19 de diciembre de 2013

LA MATERNIDAD DE LA A A LA Z: L DE LIFE COACH

No tengo Personal Trainer, ni Personal Shopper. Ni asistente ni estilista, ni Chef ni Relaciones Públicas, ni Abogado, ni Terapeuta, ni Guardaespaldas. Pero lo que sí tengo en casa es Life Coach. Y tres, a falta de uno.
Con edades comprendidas entre los dos y los siete años, mis Life Coaches ejercen a domicilio 24 horas al día, todos los días de la semana, sábados y domingos incluidos. Mis Life Coaches no me someten a largas sesiones inspiradoras para "asistirme a alinearme con el flujo de amor incondicional, alegría y abundancia del Universo", tampoco me machacan con charlas emotivas para que me "abra al flujo de posibilidades infinitas, con la intención de que manifieste mi propósito en la vida con gracia y facilidad, recibiendo y sintiendo todo el apoyo y las bendiciones del Universo." No. Ellos, simplemente con sus palabras y sus acciones, se encargan de mostrarme su modo de afrontar la vida, y me recuerdan que hubo un tiempo en el que era todo mucho más sencillo: un camino recto, llano, espacioso y lleno de luz, no como la intrincada senda de la vida adulta, repleta de curvas, cuestas, pendientes, bifurcaciones, atajos, rodeos y laberintos, con callejones oscuros y pasadizos estrechos. Y me hacen reflexionar y plantearme cuántos de aquellos rodeos han sido realmente necesarios, cuántas cuestas han venido por orgullo o cabezonería, y en cuántos laberintos he vagado por haber perdido el norte o por haber olvidado lo realmente importante. Mis Life Coaches me muestran su modo de transitar por este camino, y me desafían a enfrentar las distintas situaciones de la vida como lo harían ellos, plenamente y con sus cinco sentidos.

VISTA: Ver la vida como ellos, con ojos de niño, con inocencia y credulidad, con ilusión y confianza. Con ojos inquietos y ávidos por descubrir. Escrutar todo con curiosidad y entusiasmo, no en busca del fallo, el defecto y el error, sino disfrutando de la visión, atentos y receptivos por si en cualquier instante común surgiese algo extraordinario que lo tornase mágico. No con mirada de viejo resabiado y de vuelta de todo, desencantado y escéptico, incapaz de emocionarse y de dejarse sorprender. Mirar más allá de envoltorios y oropeles, más allá de apariencias y máscaras. Viendo con los ojos, pero percibiendo con el corazón.

OÍDO: Oír como un niño, con esa sordera selectiva que les hace ignorar aquello que no les interesa, y les dota, al mismo tiempo, de una potente parabólica capaz de captar conversaciones que no son de su incumbencia. Qué bien nos vendría para hacer oídos sordos cada vez que alguien se pone las vestiduras de "experto" y nos larga un discursito ex-cátedra para reprendernos/censurarnos/corregirnos/adoctrinarnos. Y por otro lado, qué bien nos vendría ese oído para fascinarnos con los sonidos más sencillos y hermosos, como el tarareo de una canción, un silbido despreocupado, el piar de un pajarillo, el traquetear rítmico de un tren, o el maullar de un minino (venga, o para mondarnos de risa con el sonido de un pedete o un eructo).

OLFATO: Oler como ellos (recién salidos del baño), a limpio, a puro, a Denenes y a burbujas, a sinceridad y transparencia. Y si en algún momento olemos a caca, no tener reparos en admitirlo y pedir ayuda -como lo hace un niño- y dejar que alguien nos eche una mano para librarnos de la mierda. Y percibir también los olores como lo hacen ellos: llenando los pulmones al máximo, disfrutando sin mesura de los agradables, y rechazando de plano y sin miramientos los que nos repelen. Sin tener que tragar el aire por compromiso, ni aguantar estoicamente la respiración porque lo hagan los demás, sino taparnos la nariz y vomitar en la misma cara de la fetidez, dejando bien clara nuestra repulsa.

GUSTO: Saborear como lo hace un niño. Disfrutando al máximo de lo que le gusta, chupándose los dedos y relamiendo el plato. No pasarse toda la vida a dieta, constreñidos por el qué pensarán los demás o qué dirán de mí, sino deleitarse sabia y sanamente en los manjares que la vida ofrece, sin obsesionarse por entrar en una talla en la que no cabemos, la talla que todo el mundo espera que usemos porque es la que se lleva, la que usa la mayoría, o la que promueven los gurús del momento. Apreciando las cosas sencillas, sin condimentos superfluos ni aditamentos excesivos, sin florituras ni adornos: la grandeza de un bocadillo de nocilla frente a un laborioso y complejo plato deconstruido, reconstruido, perfumado, sazonado, coloreado y reducido, de tamaño minúsculo, precio desorbitado y nombre imposible.

TACTO: Tocar la vida como el niño que come a manos llenas, sin preocuparse por las normas de urbanidad; que juega con la arena, la nieve o el barro sin estar pendiente de manchas, enfangándose hasta los codos; que se esfuerza por atrapar el mar en su mano, sin darse por vencido por mucho que el agua se le escurra entre los dedos. Vivir la vida a puñados, desterrando el "Eso no se toca", y palpando, acariciando y abrazando aquello que consideramos bueno y justo, aquello por lo que vale la pena luchar. Disfrutar la vida con ilusión y en plenitud, derrochando amor, generosidad y empatía, de tal modo que toquemos, al mismo tiempo, las vidas de todos aquellos que nos rodean.




 
Esto intentan enseñarme mis Life Coaches. Y aunque no puedo pretender que mi vida sea como la suya, pues no puedo desentenderme de mis responsabilidades como persona adulta y como madre, sí que muchas veces me ayudan a poner las cosas en la perspectiva correcta, a darles el valor que se merecen, o a quitarles la importancia que no tienen. Y es que, como dice el tópico, los hijos cambian la vida, y pienso que si les dejamos, nos ayudan a vivirla de una manera mejor.


miércoles, 11 de diciembre de 2013

LA PERCEPCIÓN DE LA BELLEZA

SOBRE BELLEZA, FILTROS, Y UN FANTASMA DE LA ÓPERA


Ignoro si se han realizado estudios rigurosos al respecto, pero estoy segurísima de que los niños perciben la belleza física de las personas de manera muy distinta a los adultos. Creo que las imágenes que perciben sus ojos deben de pasar por varios filtros antes de ser procesadas por sus cerebros. 
El primero es el filtro de la inocencia, y es el que les permite ver las cosas sin prejuicios y sin estar condicionados por modas impuestas ni por cánones artificiales.
El segundo filtro es el de la sinceridad (¡aunque más bien deberíamos hablar de un no-filtro!). Indisolublemente ligado al anterior, es el que les lleva a expresar con claridad meridiana lo que opinan, más allá de protocolos y convenciones sociales, es el que les inmuniza contra lo que comúnmente se llama cortesía, buena educación o prudencia, y es el que propicia que suelten perlas que -en muchas ocasiones- nos meten a los padres (que no a ellos, que les tira de un pie) en situaciones embarazosas de tierratragamiento del tipo: "¿Tienes un bebé dentro?" (a una chica gordita), "¡Pinchas!" (a una mujer que acaba de darles un beso), "Me da miedo porque tiene la cara así" (a una anciana con manchas y arrugas).
El último filtro es el del corazón. Es el que les hace poseedores de un código de belleza particular, y el que les lleva a ver a sus seres queridos como los más guapos del mundo (lo mismo nos pasa a los adultos con nuestros niños, ¿no?)

Un claro ejemplo de esto lo viví en carne propia no hace muchos días: resulta que el pasado viernes empezó a hinchárseme la mitad de la cara, a picarme y a cubrirse de costras un tanto supurantes. Os ahorraré mis visitas a Urgencias y mi diagnóstico confuso, sólo diré que cada vez que me miraba al espejo y me veía tan asquerosamente monstruosa y deforme me entraban ganas de llorar (por mucho que Papi intentaba animarme y convencerme de lo contrario). Incluso temía que a mis hijos les diese miedo o repelús, y me lo dejasen clarito con alguna mueca de rechazo, o alguna frase lapidaria de asco. Pero nada más lejos de la realidad: los niños me miraban y me trataban exactamente igual que siempre. En una de estas, el Mediano iba a acariciarme y le detuve la mano (pues los médicos me habían advertido que era muy contagioso, y aún no había ido a comprar la campana de leprosa inmunda), diciéndole: "No me toques, que tengo la cara fea"; y el Mediano, con la espontaneidad y el encanto que le caracterizan, me replica: "No tienes la cara fea, mami, sólo tienes una pupa grande". Prometo que casi lloro al escucharlo. Y aún pasaron un par de días hasta que el Mayor me dijo: "Antes no, pero ahora sí que me da asco" (dí que sí, neniño).

Otro caso de percepción diferente lo constaté ya hace unos meses con el Mayor. Una compañera de clase se mudó y cambió de colegio, y en su lugar se incorporó otra niña muy guapa. El Mayor no tardó en observar la casualidad de que las dos niñas eran bastante parecidas físicamente: el mismo color de pelo, de piel, de ojos... "¿Y cuál te gusta más?", le pregunté (pregunta estúpida por mi parte, por cierto), convencida de que escogería a la niña nueva por ser claramente más mona. Y va y me contesta: "La otra niña, porque sonreía más". Ahí queda eso. Le daba igual la cara bonita, la melena perfecta, la estatura, el porte, el cuerpo, la ropa, el aspecto físico... era la sonrisa lo que le importaba, era la sonrisa lo que eclipsaba todo lo demás, era la sonrisa lo que la convertía en la más bella y la más guapa a los ojos de mi niño, aunque a ojos de los adultos no lo fuera tanto.

Y me pregunto en qué triste momento los niños se aborregan (alguno dirá maduran) y pasan por el aro de "lo único bello es lo que dicta la sociedad (a través de los todopoderosos mass media)". No lo sé, supongo que será un proceso gradual, más acentuado quizá en el caso de las niñas, a las que -penosamente- se les inculcan antes los conceptos de belleza y la necesidad imperiosa de ser guapas, delgadas y sexy. 

Recuerdo el caso de una niña preciosa, acomplejada por unos inexistentes kilos de más, que tenía como ídolo y referente de belleza a su hermana mayor, feúcha de narices, pero eso sí, esquelética a más no poder. Su entorno (muy pijos todos ellos, por cierto) las comparaba (qué puñetera manía, caramba) y ¿quién era la más guapa? pues la más delgada, claro. En estos parámetros de frivolidad nos movemos.

En fin, que de todos estos episodios (más o menos funestos) me quedo con tres cosas:
1. Mis hijos me verán guapa aunque me convierta en el Fantasma de la Ópera.
2. Tenemos que aprender a mirar con el corazón, como ellos hacen, más allá de las apariencias.
3. No debemos subestimar el poder de una sonrisa :-)

 
Y una más: a consecuencia de mi episodio vírico-infeccioso-bacteriano el Peque se ha destetado!!! Pero este es otro cuento, que ya contaremos en otro momento...

 

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