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miércoles, 11 de septiembre de 2013

LA MATERNIDAD DE LA A A LA Z: S DE SERIE (FUERA DE)

SERIES DE LA A A LA Z, PORQUE LA MATERNIDAD ES ALGO FUERA DE SERIE



La maternidad es, a veces, como una de esas series que vemos en televisión.


Nace tu bebé, y de repente te conviertes en una especie de agente doble, en la mujer de las mil caras, como la chica de Alias. Ahora eres madre y esposa, hija y nuera, la que ríe y la que llora (cosa de hormonas, ya sabéis), la fuerte y la vulnerable, la que juega y la que corrige, la que divierte y la que reprende, la mujer que era antes y la que ahora empieza a ser. Porque tener un hijo supone un hito singular, un punto de inflexión que nos hace replantearnos las cosas, verlas de otro modo y cambiar algunas de ellas. Como la enfermedad del protagonista de Breaking Bad, que marca un antes y un después en su vida, transformándola por completo (tanto física como interiormente), lo mismo ocurre cuando nos convertimos en madres (aunque nosotras no nos pasemos al lado oscuro ni a la fabricación de metanfetamina). 


Es un caso de estudio digno de CSISer madres nos lleva más allá de nuestros límites, nos convertimos en seres multifuncionales y polifacéticos, capaces de atender los más diversos frentes sin descuidar ninguno de ellos (ríete tú del genio multidisciplinar de Leonardo en Da Vinci's Demons). Toda nuestra genialidad se despliega, por ejemplo, a la hora de dormir. ¿Qué hacemos, si al acostar al nene en su primorosa cuna (de su no menos primorosamente arreglada habitación) decide no dormir? Pues como primera medida, dar inicio a la sesión privada y nocturna de cuentacuentos. "Pan comido", piensas, mientras haces un recorrido por todos los clásicos de Grimm y Perrault, aunque te lías con los finales por culpa de Disney y de Érase una vez. Pero el niño sigue sin dormir. "El movimiento es la clave", piensas, y con el niño en brazos te marcas tus mejores pasos de baile, al más puro estilo Fama.


Pero el niño sigue sin dormir. Y decides sacar la artillería pesada, y echar mano de todo tu repertorio de grandes éxitos, como si estuvieses en un capítulo de Glee. Pero ni los Beatles ni Aeromith, ni Megadeth ni Mocedades, ni el Tallarín ni el Gangnam Style pueden doblegar la voluntad de tu hijo, imperturbable como el sargento Brody derrotando al polígrafo en Homeland. Tú sigues sin achantarte, y urdes un malvado plan digno de los alienígenas hostiles de Invasión: ponerle la teletienda a ver si le invade el sopor. Y nada. Se impone un cambio de estrategia. ¿Qué harían los Lannister o los Stark de Juego de Tronos? Matar, intrigar, conspirar, morir... opciones inviables. ¿Y qué haría Daenerys, la madre de dragones? 



Pues si ella fue capaz de meterse en el fuego por ellos, pues tú metes a tu pequeño dragón en tu cama (que no os vea Estivill) y allí se duerme feliz y contento. Y es a partir de este momento cuando la cuna primorosa queda oficialmente convertida en primoroso almacén de ropa y juguetes, un lugar donde se acumula tal cantidad de prendas y objetos, que si ocultases un alijo de marihuana bajo ellos, ni el olfato prodigioso del Kommissar Rex podría detectarlo.


Otro desafío surge cuando nos enfrentamos con los juguetes de los niños: los Playmobil, los Lego, los Transformer, los chismes electrónicos... docenas y docenas de piececillas diminutas de plástico que requieren un ensamblaje que ni los muebles del Ikea (pilas no incluidas). Ante un manual de instrucciones de sopocientas páginas te sientes más perdido que los chicos de Lost en la isla. Cuando al fin completas tu titánica tarea, comprendes lo ufano que debía sentirse MacGyver tras fabricar un explosivo con una goma del pelo, dos clips de colorines y medio chicle de fresa ácida. 



Pero cuando ves que el juguetito en cuestión no dura ni quince minutos íntegro, te identificas más con Nikita y su duro entrenamiento para controlar la ira y las emociones. 



Y tienes que montarlo otra vez, y respiras hondo, y mantienes la compostura como La SeÑora que eres, y te preguntas por qué diantres no puede gustarle el fútbol y ponerse a dar pataditas al balón, como Oliver y Benji. Pero no. El nene prefiere los coches, los trenes, los aviones, y sobre todo, los animales. En libros o cromos, en peluche o en figuras articuladas, de granja o salvajes, vivos o ya extintos. Prueba de ello son los innumerables especímenes de dinosaurios, mamuts lanudos, dientes de sable, y demás fauna que pueblan tu casa. Que hay tanto bichejo de estos que podrían rodar varias temporadas nuevas de Parque Prehistórico en tu salón.




Capítulo aparte merecen las cuestiones relacionadas con la salud de nuestros hijos. Nada más nacer ya se enfrentan a duras batallas, más épicas e históricas que Quo Vadis. Es una lucha sin cuartel: hordas de virus, feroces cual legionarios de Roma, se aprestan a invadir y colonizar sus pequeños cuerpos. Y ellos, irreductibles cual Spartacus, plantan cara al enemigo con arrojo y coraje. 



Pero la guerra es larga y cruel, y al igual que el tracio cae, nuestros hijos son finalmente vencidos por la otitis, la gastroenteritis, los mocos o la tos perruna. Y os miráis al espejo, y verificas que todos parecéis extras escapados de The Walking Dead, unos por la enfermedad en sí, y otros por el mucho cansancio y el poco dormir. Y toca, cómo no, visita a Urgencias, un par de horitas de esperas, consultas y diagnósticos. Y regresáis a casa, extenuados pero victoriosos, cual Vikingos retornando felices con su botín de Augmentine, Estilsona y Paracetamol de la farmacia.



Y es que está claro, la maternidad nos convierte en personajes fuera de serie. Duros y aguerridos como el Chuck Norris de Walker Texas Ranger, valientes y audaces como Xena, la princesa guerrera, inteligentes y perspicaces como los romanos de Yo, Claudio, míticos e imperecederos como Mazinger Z.



martes, 16 de julio de 2013

LA PEPPA SE PASA TRES PUEBLOS

 DIBUJOS ANIMADOS Y ¿FEMINISMO?

¿Os imagináis unos dibujos animados donde la madre de la protagonista apareciese como alguien más bien torpe, simplón, vago y despistado, a la que su hija le llamase tonta y le dijese que tiene la barriga muy gorda? 
Yo no. Saltarían de inmediato todas las alarmas:  veo declaraciones de políticos, boicot en los medios de comunicación, declaraciones del defensor del espectador, intervenciones del gobierno, acusaciones de la oposición y masas enfervorizadas e indignadas exigiendo la inmediata retirada de semejante producto televisivo (y de paso, la cabeza de los responsables en una pica). ¡¿Qué ejemplo están dando a los niños?! ¿Qué nefasta imagen están dando de la mujer? ¡Sexistas! ¡¡Machistas!! ¡¡¡A la hoguera!!!
Pues hete aquí que tales dibujos existen, que son famosísimos, que los echan en la televisión pública, que los emiten en tropecientos países y que han recibido un porrón de premios internacionales. Pero un momento... ah, no, no pasa nada, el gordo vago y tontorrón es el padre. Aquí no ha pasado nada, vuelvan a sus vidas, ciudadanos.



Sí, amigos, hablo de la inefable cerdita Peppa Pig. Y sus compañeros hadas y duendes, de El Pequeño Reino de Ben y Holly, de los mismos creadores que la pequeña gorrina, siguen este camino. A Papá Pig, Peppa le suelta un "pero qué tonto eres" en casi todos los capítulos (y nunca nadie se lo reprocha, por cierto), cuando no aparece como un inepto que no sabe interpretar los mapas y se pierde al conducir, o tirado en el sofá viendo la tele porque le encanta no hacer nada. Y el Rey Cardo, papá de Holly, es un vago que necesita que la sirvienta le haga los hechizos más absurdos como preparar té y tocar música, cuando no aparece como el único que se ríe de un chiste para peces que tienen el cerebro muy pequeño.  

A mis hijos les encantan estas dos series de dibujos animados, están muy bien hechas y todo lo demás, pero para mi gusto esto desentona un poco (o un demasiado). Para colmo, leo en la wikipedia que la serie de Peppa Pig desató cierta controversia porque los personajes iban en el coche sin cinturones de seguridad, y en bici sin casco, por lo que hubo airadas protestas y cambiaron algunas escenas. A mí que me perdonen, pero creo que más estúpidos no se puede ser. Seguimos a vueltas con la ultracorrección política de siempre: ¡el casco! ¡el cinturón! ¡que nadie salga fumando! ¡que nadie salga bebiendo! ¡a promocionar alimentos saludables! Pero faltar al respeto a uno de los progenitores... qué más da, mientras no sea a la madre!!!

En fin, no voy a prohibir a mis hijos ver estas series, también ven Chicken Town, Fanboy y Chum Chum, y Los Pingüinos de Madagascar; si pretendiera que sólo vieran cosas edificantes más me valdría tirar la tele por la ventana. Pero quería comentar esto que me llevaba rondando en la cabeza un tiempo, porque tanta estupidez pseudofeministoide, política y socialmente aceptada, me resulta cansina. Y porque alguien tiene que ponerse del lado de Papá Pig y el Rey Cardo. ¡Ánimo, chicos!

lunes, 15 de abril de 2013

LAS FIERAS DE MIS NIÑOS

DE DINOSAURIOS Y OTRAS BESTIAS PREHISTÓRICAS

 

 En mis tiempos no jugábamos con dinosaurios. Algún día escribiré largo y tendido sobre los juguetes de mi niñez, pero por ahora os diré que en mi casa de cuatro hermanos teníamos el Scalextric, los Tente (¿quién necesitaba Lego?), los clicks (cuando aún eran de Famobil y no de Playmobil), las Barriguitas y las Nancys bonitas (no esos engendros que han sacado ahora), la Nenuco que lloraba de mi hermana, y la mía que hacía pis, el Risk, el Monopoly, el Cheminova, el Magia Borrás... pero ¿dinosaurios? Ni de broma. Es más, ni creo que se comercializaran. Tampoco adornaban nuestras ropas (ni las de mis hermanos varones) ni protagonizaban nuestros libros. Y mucho menos veíamos en la tele algo sobre ellos. 
Los dos únicos recuerdos dinosauriles que tengo no corresponden a mi infancia, sino más bien a mi juventud: uno es de la serie Dinosaurios -de principios de los 90- con marionetas de Jim Henson, y confieso que no la veíamos casi nunca.

doblaje.wikia.com

El segundo corresponde a una película de Cary Grant y Katherine Hepburn llamada "La fiera de mi niña", de la que sólo recuerdo que me había encantado, y que aparecía el esqueleto fosilizado de un dinosaurio (dice la wikipedia que es de un brontosaurio, ya que Cary Grant interpretaba al paleontólogo encargado de su reconstrucción.)
 
gargonsrevenge.blogspot.com
En 1993 se estrenó Parque Jurásico de Spielberg, que pese a la fiebre desatada en muchos otros lugares, en mi casa pasó sin pena ni gloria. No fuimos a verla al cine, y no sé cuántos años tardamos en verla por televisión. 


Y quién me iba a decir a mí, con semejante curriculum anti-jurásico, que a día de hoy, si todavía existiese el "Un, dos, tres", y si fuese concursante, y si Mayra Gómez Kemp me preguntase algo parecido a "Por 25 pesetas, díganme nombres de películas, series, documentales o dibujos animados protagonizados por dinosaurios. Por ejemplo, "El Dino Tren". Un, dos, tres, responda otra vez", yo le respondería: "El Dino Tren, Dinoescuadrón, Harry y su cubo de dinosaurios, Dinosaurio de Walt Disney, Ice Age 3: el Origen de los Dinosaurios, las trece películas de dibujos animados de En Busca del Valle Encantado (de las que me ahorro los títulos, pero también me los sé), las tres películas de la saga Parque Jurásico, y las series de documentales Caminando entre Dinosaurios y Parque Prehistórico"... y ganaría una pasta!!!

sufridores-en-casa.blogs.teleprograma.tv

Y es que desde hace cuatro o cinco años, desde que al Mayor le sobrevino la fiebre D, me he convertido (modestia aparte) en casi una experta del tema. No por mérito mío, desde luego, sino a causa del verdadero experto: mi hijo Mayor (los otros dos van por el camino). De tanto ver con ellos dibujos, películas y documentales, de tanto leerles libros, cuentos y enciclopedias, de tanto comprar cromos, pegatinas, camisetas, calcetines y calzoncillos con motivos de dinosaurios, de tanto comprar, y jugar con, y ordenar, y recoger del suelo figuras de estos reptiles, pues una les ha cogido afición y hasta cariño (una especie de síndrome de Estocolmo, supongo). Ahora sé qué es un sauristiquio y un ornistiquio, distingo un Tyrannosario de un Carnotaurio, puedo pronunciar Dilophosaurio o Parasaurolophus sin despeinarme, y soy capaz de dibujar un Triceratops, un Therizinosaurio o un Iguanodón. También sé que ahora ya no se llaman Brontosaurios, sino Apatosaurios, y que los Pterodáctilos no se consideran dinosaurios, sino reptiles voladores.
Todo esto y muchas otras cosas más gracias a mi hijo de seis años, que no es un "friki de los dinosaurios", como dicen algunos, sino un niño muy interesado en ellos, que de mayor quiere ser Paleóntologo, y no futbolista, y que cuando se case quiere irse con su "marida" de luna de miel a Dinópolis. 
Esperamos poder llevarle antes.


viernes, 2 de noviembre de 2012

QUINCY, EL DE LOS LITTLE EINSTEINS


SOBRE NIÑOS Y RACISMO




Un grupo de niños de seis años discutía sobre qué libro coger.
-¿Éste de la niña con las calabazas, o éste del negro?- preguntó uno.

En otra ocasión, mi hijo mayor (de cinco años) me hablaba sobre los dibujos animados de los Little Einsteins, y me decía que su personaje favorito era Quincy.
-¿Y cuál es Quincy?- pregunté yo.
-¡Mamá!- respondió, con ese tono característico, mezcla de asombro y decepción ante la ignorancia de los adultos, que suelen emplear los niños- ¡Es el de la gorra!
Se había fijado en la gorra como rasgo distintivo, no en lo oscuro de su piel. No dijo “el negro”, como seguramente habría dicho el niño de la escena anterior, y yo me sentí, una vez más, muy orgullosa de él. Porque me demostró que los niños, de por sí, no son racistas. Es algo que adquieren y que copian, al igual que imitan esa manera tan peculiar de señalar a alguien como “negro”, enfatizando la “e”, con tono despectivo.
Los niños son capaces de ver más allá del color de la piel, o en otras palabras, son capaces de no verlo. Pero ahí estamos los adultos, con nuestra pretendida superioridad intelectual y nuestra supuesta autoridad moral, empeñados en “abrirles los ojos”.

Otro caso real: en clase de mi hijo, desde el primer curso, había una niña de Sudamérica (otro término que no soporto, “sudaca”, que muchos mayores usan con absoluta ligereza, y que luego repiten alegremente sus hijos pequeños). Y no fue hasta el tercer año con ella, que mi hijo vino a casa diciendo que la profe les había dicho que esa niña tenía la piel oscura. Para él fue todo un descubrimiento, porque no había reparado en ello. O mejor dicho, claro que lo había visto, pero no le había dado la menor importancia. ¿Por qué habría de hacerlo? Hasta entonces era una compañera más del colegio. Pero los adultos, en nuestro afán de “vamos a ser todos muy políticamente correctos, y enseñar a estos pequeños racistas en potencia a distinguir entre las distintas razas, y a saber diferenciarlas bien, y luego les enseñaremos que son todas iguales, y hay que respetar a todas”. Una absoluta estupidez, en mi opinión.
¿Qué necesidad hay de explicarle a un niño éste es negro, éste blanco, éste amarillo? Explícales que son todos niños, y punto. No le hagas ver tú unas diferencias que hasta ahora para él no existían.

En fin. No descubro nada nuevo si digo que los niños se educan en su casa, y no en el colegio. Y por eso, en este tema, como en muchas otras cuestiones importantes, lo que cuenta es lo que oyen y ven en casa, (mucho más que todo lo que pretendemos “enseñarles”).


lunes, 8 de octubre de 2012

ARMA DE DESTRUCCIÓN MASIVA

DE LOS PELIGROS DEL ABUSO DE ALGUNAS COSAS


Imagen sacada de la wikipedia
Al igual que la mayoría de la gente, en casa poseemos un arma de destrucción masiva. Aparte del cuarto de baño, claro, que si en ciertas ocasiones llegaran a propagarse sus vapores, nos las veríamos con la aniquilación fulminante de toda forma de vida, humana, animal y vegetal, en nuestro barrio y zonas limítrofes. Pero no me refiero al W.C. Tampoco es que escondamos una bomba termonuclear, ni frasquitos monodosis de virus ébola. 
Es un arma terrible, que provoca el atrofiamiento de las capacidades motoras y cognitivas. Los sujetos expuestos a ella experimentan una sensación de debilidad muscular repentina, que les obliga a apoltronarse en el sofá o en el suelo (según donde les sorprenda el impacto), mayormente en posición decúbito lateral (derecho o izquierdo). De forma progresiva van perdiendo facultades sensoriales, mermando así su oído (ya no escuchan otra cosa) y su vista (ya no ven otra cosa). Los músculos faciales pierden tonicidad, la mandíbula se descuelga, asoma la punta de la lengua, en casos severos puede llegar a haber desprendimientos de saliva por la comisura de los labios. El habla desaparece casi por completo. Se ralentizan las funciones cerebrales. Los sujetos se sumergen en un estado de letargo, a medio camino entre la hipnosis y el coma profundo. No son esporas de ántrax. No es un isótopo radiactivo. Algunos le llaman "el atontizador". Otros, simplemente, la tele.
Confieso que el pasado sábado el paterfamilias se vio tentado a usarla contra los niños. Sólo porque decidieran despertar y levantarse antes de las ocho de la mañana, cuando de lunes a viernes hay que contratar servicios de demolición para despertarles, y grúa para sacarlos de la cama. Nada extraño, pues como casi todo el mundo sabe, esta es una práctica habitual de los niños en edad escolar. 
Volvamos a los hechos. Se ve que el paterfamilias tenía mucho sueño (sería porque el bebé había dado la serenata durante la madrugada), y quiso seguir el ejemplo de estos padres modernos de ahora, que tienen a los niños bien enseñados (no como nosotros), y saben que el fin de semana está terminantemente prohibido entrar en el dormitorio matrimonial (¿cómo no van a entrar nuestros hijos si es que ya no han salido, porque duermen allí?), y si se levantan antes que papá y mamá, tienen orden expresa de ir (sin hacer ruido) a ver la tele (bajito, para no molestar), porque mira que son listos que saben ponerla ellos solitos y seleccionar clan TVE, o Boing, o lo que se tercie (si en alguna cadena salen monstruos, o asesinos en serie, o violadores, o todo junto, qué más da, si nadie se va a dar cuenta, y de paso ampliamos vocabulario "gilip...", "hijo de la gran...", "pedazo de maric..." (ah, no, que todo eso ya lo sabían, que son niños muy espabilados, no como los nuestros), y nos vamos acostumbrando a la violencia y a las escenas tórridas. 
Pues bien, creo que fue después del tercer o cuarto salto sobre sus riñones cuando el paterfamilias le dice al mayor que se vayan a ver la tele. Dicho y hecho. No hubo que insistir. Mi superoído no tardó en captar el sonido lejano (la puso bajita, qué considerado) de la televisión de la sala, era Mickey Mouse y su "si queréis la herramienta, decid..."
En un primer momento pensé en no hacer nada. Yo también tenía sueño. Pero la imagen de los tres infantes "atontizados" en el sofá me estremeció profundamente. ¿Cuántas horas seguidas de tele serían capaces de ver? "Hasta el infinito, ¡y más allá!", como diría Buzz Lightyear. Y ahí sí que no. ¿Y si sufrían alguna lesión irreversible por sobredosis de "Atontadol"? Por encima de mi soñoliento cadáver. Me levanté como pude, rauda y veloz, y aparecí en la sala antes de que los niños pudieran decir "...pimienta". Me los encontré, cómo no, sentaditos en el sofá (aún no se habían tumbado), quietecitos, en silencio, sin molestar, con los ojos clavados en la pantalla y las boquitas entreabiertas. 
Desactivé el aparato pulsando el botón rojo. Hubo lloros varios y protestas enérgicas que duraron 2,5 segundos, el tiempo que tardamos en ir a desayunar. Pudieron desentumecer los miembros de sus cuerpos casi al instante, porque la exposición al peligro había sido mínima. Tampoco hubo daños colaterales.

P.S. El paterfamilias se levantó una hora más tarde: "No pude dormir nada, porque no estabas a mi lado". "Pues chico, ya eres mayorcito". ¿Tendré que aplicarle el método Estivill? Le preguntaré a los padres modernos de ahora

jueves, 26 de julio de 2012

TENGO UN CAMINANTE EN CASA

SOBRE LA INFLUENCIA PERNICIOSA DE LA TELEVISIÓN EN LOS ADULTOS


¿Quién me mandaría ponerme a ver una serie de zombies? En The Walking Dead les llaman “caminantes”. Y claro, con lo aprensiva que soy, no tardé en creer que en mi casa se escondía una de esas criaturas. El fruto de mi imaginación pronto se hizo realidad, y a los pocos días pude constatar la presencia de un caminante bajo mi propio techo.
Pero tranquilos, no se trataba de un muerto viviente putrefacto y repulsivo como los de la tele, sino todo lo contrario, era nuestro adorable y hermoso bebé de poco más de un año, que comenzaba a dar sus primeros pasos.
Me perseguía a todas horas, por todas las habitaciones, atraído sin duda por el olor de la carne fresca… o más bien de la leche tibia.
Se movía con pasos vacilantes e inseguros, avanzando lentamente, con los brazos extendidos, al tiempo que balbuceaba con insistencia “te… ta… te… ta…”.
Y me dejé atrapar, y el caminante me dedicó una de sus más dulces sonrisas mientras yo le cogía en brazos, lo tumbaba en mi regazo, y le daba su preciado alimento.

“Dadme una teta, y moveré el mundo”
Arquímedes cuando era lactante

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