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miércoles, 21 de mayo de 2014

ARRODILLAOS ANTE EL dIOS DEL FÚTBOL

No odio el fútbol, de verdad que no. He visto muchos partidos, y de niña incluso he repartido patadas en alguna ocasión. Me gusta que gane nuestro equipo local, y me encanta cuando un equipo modesto gana a uno de esos que manejan millones de euros. Tolero incluso que el mundo se paralice cuando hay un encuentro importante: calles cortadas, autobuses desviados, taxis inexistentes, abolición de las normas básicas de circulación y estacionamiento... Y no pongo el grito en el cielo cuando dos (o tres) equipos de fútbol monopolizan las secciones deportivas de los telediarios (de los ciclistas y atletas, por ejemplo, sólo se acuerdan cuando ganan o se dopan, mientras que se informa pormenorizadamente si Fulanito del BarÇa tiene hemorroides, o qué nuevo anuncio de refrescos ha protagonizado Menganito del Madrid). Todo esto lo puedo admitir. Pero lo que no me gusta, lo que detesto profundamente, lo que aborrezco con toda mi alma es la idolatría que en este país se le profesa al denominado deporte rey, manifestada incluso en pequeños detalles de escasa importancia:

La primacía absoluta del fútbol.
Vas al parque en busca de una jornada apacible de carreras y sobresaltos detrás de tus churumbeles más pequeños para que no se maten en los columpios, escapen a la carretera o les secuestre un pederasta. ¿Y qué te encuentras? Con tres o cuatro partidillos de fútbol, y ninguno de ellos en las pistas habilitadas al efecto (en caso de que las haya): unos juegan junto a los columpios, otros usan las escaleras como portería, y otros los bancos. O vas al cole a recoger a tus hijos, y te encuentras a media docena de enanos de Educación Infantil (que salen cinco minutos antes) a balonazo limpio contra la puerta o las paredes en las que padres y abuelos están apoyados esperando la hora de la salida de los de Primaria. El resultado es evidente: andar esquivando balones perdidos, o recibir balonazos en distintas partes del cuerpo. Yo ya me he llevado varios (¿tendré algún imán, o me verán cara de portería?) en la cabeza (menos mal que no es un órgano vital), unos en el parque, y el último en el porche del cole no hace muchos días. Mis hijos también han llevado balonazos en la cabeza por andar jugando en la acera. ¡Es que a quién se le ocurre! ¡¡Molestar a unos niños jugando al fútbol!! ¡¡¡SACRILEGIO!!! Y que no se te ocurra protestar ni decirles nada, que en seguida vendrán sus padres a recriminarte por no dejarles todo el espacio que necesitan para jugar, a espetarte un "¿Cómo te metes en el medio? ¿No ves que están echando un partido?" o un "¡Cómo te pones por una tontería!". Porque el fútbol es sagrado, y al igual que a las vacas sagradas en la India, a los niños que juegan con la pelotita hay que respetarles por encima de todas las cosas, apartarse de ellos, y no molestarles con menudencias. ¿Que juegan en plazas privadas, calles peatonales, lugares de paso, entradas de edificios (es decir, cualquier sitio que a ellos les dé la gana -siempre que no molesten a sus atentos padres, claro)? Pues todo el mundo debería pararse a contemplar el espectáculo, hacerles la ola, aplaudirles, y festejar con ellos la victoria. Y nada de quejarse porque casi te vuelen la cabeza, hombre.

El menosprecio a todo lo que no sea fútbol.
La primacía del fútbol se manifiesta también en cómo etiquetamos a los niños. Seguro que todos hemos oído hablar de frikis de los dinosaurios, frikis de los libros, frikis de Star Wars o frikis del manga japonés. ¿Pero alguien ha escuchado alguna vez el término frikis del fútbol? Ah, no, porque ese término tiene, para la gran mayoría, connotaciones negativas -aunque algunos reivindiquen su frikismo con orgullo. Los niños que están interesados única y exclusivamente en el fútbol no son frikis, son aficionados o apasionados de este deporte. Y los que no lo abrazan con devoción fervorosa son los raros, los frikis, y los marginados. De ahí que muchos vean la necesidad urgente de que "a este niño TIENE QUE gustarle el fútbol". Pues no le gusta, y por muchos álbumes de cromos que le lleves, y por mucho que le insistas/coacciones/obligues a jugar seguirá sin gustarle. A ver si aprendemos a respetar a la gente (niños o mayores) a la que no le gusta el fútbol.



Los valores que transmite.
Nos venden la idea del fútbol como un deporte sano, y ciertamente lo es. O lo era. Me entristece ver el empeño enfermizo de muchos padres en que sus hijos sean los próximos messis o cristianos. Me recuerda a esas madres norteamericanas obsesionadas con que sus hijas ganen esos degenerados y dantescos concursos de belleza infantil. Nada más aprender a andar, ya les apuntan al equipo de fútbol de rigor. Y no sé si se lo enseñan allí, en su casa, o en los estadios, pero ver a niños pequeños tirándose al suelo entre grandes gritos y haciendo que se retuercen de dolor, simulando faltas inexistentes (esto en mi pueblo se llama engañar y hacer trampa, no sé si ahora se considera una práctica deportiva aceptable), cuando no encarándose con el rival o insultando al árbitro, es bastante lamentable. Di tú que más lamentable -a la par que muy revelador- es leer en las noticias cómo los padres de algún niño/ futbolista en ciernes linchan al árbitro por perjudicar o no favorecer al equipo de su retoño.
Y esto por no hablar de la actitud, las reacciones violentas al terminar los encuentros, los gestos, los insultos, las amenazas, los cánticos, y las variadas lindezas que algunos aficionados suelen vociferar (muy dados a acordarse de las madres de los rivales y del equipo arbitral, por cierto), que muchas veces los verdaderos energúmenos están en la grada y no en el campo.

¡Qué niño más listo, mira qué bien enseñadito está!

El endiosamiento de algunos futbolistas.
Sí, ya sé que desde siempre han existido ídolos de masas (y seguro que habrá alguna explicación psicológica o antropológica que justifique su existencia) pero pienso que antes los modelos a imitar eran algo más decentes (o al menos bastante más discretos). ¿En serio es un buen modelo a seguir un fulano chulo, o violento, o macarra, o ignorante, o vanidoso, o egoísta, o materialista, o racista, o maltratador (o todos los demás adjetivos que se os ocurran) cuyo ÚNICO mérito es saber jugar bien a la pelota? ¿Justifica esta habilidad todo lo demás? ¿Sirve para pasar por alto todos sus demás defectillos?  Los niños, alentados por su entorno, sus padres, y los medios de comunicación, quieren ser como "el crack" Fulanito porque gana millones y millones, conduce deportivos de lujo, anda con supermodelos (que sólo están con él por su encantadora personalidad, claro), y hace y dice lo que le viene en gana (defraudamos un poco por allí, dejamos algún hijo perdido por allá, nos vamos de fiesta descontrolada...). 

Nos hemos creído las ideas de libertad y tolerancia, hemos asimilado los mensajes del marketing que nos bombardean con la importancia de ser original, ser diferente, ser único, ser uno mismo, y los hemos confundido con la realidad. Y la realidad, en este nuestro amado país de pandereta, es que NO ES BUENO TENER CRITERIO PROPIO, sino que TIENE QUE gustarte todo aquello aprobado por la mayoría, como las pelis de Almodóvar, la serie de Aída, la Belén Esteban, el flamenco y el fútbol. Porque todo lo que se desvíe de la norma, todo lo minoritario, todo lo que no tenga máxima audiencia en el prime time ni salga en las portadas de las revistas, todo lo que no esté de moda y sea trendy, será tachado de elitista, rarito, snob, o peor aún: friki.

Así que, hermanos míos, acatemos humildes la divina voluntad de la Santa Sociedad, y arrodillémonos todos ante el dios del fútbol.

miércoles, 17 de julio de 2013

EL FÚTBOL, EL NUEVO OPIO DEL PUEBLO

DE FÚTBOL Y FRIKIS

No acabo de comprender la paradójica, omnipresente e irracional pasión futbolera de este país. Paradójica, porque si alguien se pone a presumir de España fuera de algún evento deportivo, es motivo más que sobrado para ser tachado de facha o fascista (al menos en mi ciudad esto es así); omnipresente, porque está en todos lados, en la tele, en la calle, en la publicidad... y también irracional, porque muchos abrazan este deporte como un devoto fervoroso se aferra a sus creencias. 

Y no penséis que odio el fútbol, ni mucho menos (¡Forza Depor!), sólo que no me gusta ni un ápice todo lo que este mundo conlleva cuando la obsesión se traslada al universo infantil. 
En primer lugar, no acabo de entender a los padres que, nada más dar sus primeros pasos, le ponen al crío un balón en los pies, no para que juegue y se entretenga de forma sana, sino con la intención y la esperanza de que se dedique profesionalmente a ello (inciso: lo mismo es aplicable a los que se empecinan en que sus hijos sean estrellas de la música, del cine, reinas de la belleza o primeras figuras de cualquier deporte, y para ello les amargan la existencia y les arruinan la infancia y de paso, la vida).

youtube.com
Tampoco soporto el endiosamiento de los jugadores, ídolos a imitar sin tener en cuenta sus vidas fuera del campo, si son unos libertinos pendencieros, o violentos, o ludópatas, o drogadictos, o chulos engreídos, o ignorantes atrevidos, o vete tú a saber qué (se me vienen a la cabeza nombres y apellidos de futbolistas, nacionales y extranjeros, para todas y cada una de estas categorías). ¿De verdad queremos que nuestros hijos sean como ellos, por mucho dinero que ganen, y por mucho harén de modelos/actrices que tengan?
Y lo que peor me parece de todo es la obligatoriedad de que a los niños les tenga que gustar el fútbol. A día de hoy parece que es imprescindible y necesario. Aún recuerdo cuando algunos se empeñaron en que mi niño Mayor coleccionase cromos de fútbol: le compraron el álbum y varios sobres, e intentaban "inculcarle" el interés con argumentos tan convincentes y poderosos como "a todos los niños les gusta, tienes que ser como los demás". Todo en vano, por supuesto, pues lo único que han conseguido es exacerbar todavía más su aversión al balompié. 

inazumaeleven.tv
Y ten por seguro que si a tu hijo no le gusta darle pataditas a un balón, la ignominiosa maldición del frikismo caerá sobre él: inevitablemente será el friki de los dinosaurios, o el friki de los libros, o el friki del violín, o el friki de la música clásica, o el friki de los bichos (en cambio nadie dice el friki del fútbol, qué curioso). Y luego ves a los niños no-frikis, esos que por supuesto van a clases de fútbol, y ves que no tienen más conversación que alineaciones de equipos, jugadas y partidos, y descubres que muchos de ellos son más egoístas que los demás (pero ¿no fomentaba el trabajo en equipo?), demasiado (por no decir asquerosamente) competitivos, con un mal perder increíble (¿dónde está eso del fair play?), y tramposillos que no veas (lo de tirarse en el área para simular penalty debe ser asignatura troncal). 


¿Es esto lo que les enseñan en las escuelas deportivas? Pues apaga y vámonos. 
Me quedo con mis frikis.

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