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lunes, 3 de diciembre de 2012

SIN MOVER EL CULO


DE CÓMO ALGUNOS ADULTOS GENERAN UNA SUSTANCIA ADHESIVA DE FIJACIÓN EXTRAFUERTE QUE NO LES PERMITE MOVERSE DE SU (CÓMODO) SITIO

PROHIBIDO MOVER EL CULO
EN FAVOR DE LOS HIJOS

Estábamos en el restaurante del IKEA tomando un café (está bien, lo confieso, yo pedí un chocolate con churros) mientras los niños jugaban. Llegaron dos niñas, una tendría tres años y la otra quizá nueve, qué se yo. Las acompañaban dos señoras mayores, que no tardamos en identificar como la abuela y su hermana. La niña más pequeña no paraba quieta, corriendo de aquí para allá, quitándose las botas, ignorando a su abuela, saltando las escaleras, pidiendo comida al resto de la gente, tirándose por el suelo… nada que no haga cualquier niño sano de edad similar. Hasta que la niña decidió que era muy divertido dirigirse a su abuela, y también a mi hijo mediano, con la frase “hola tonto”. Y aún más divertido era aplastarle la cabeza a mi hijo pequeño (de 19 meses) contra el suelo. Ahí ya saltamos el papá y yo al rescate del churumbel, que se limitó a poner su característico “morrito” de desolación, sin verter una lágrima (porque eso sí, nuestros niños son de piedra, y no de mantequilla). A la niña le recriminamos su acción de buenas maneras, claro, pensando que ya la abuela le diría lo que viene al caso. ¿Y qué hizo la buena mujer? NADA. Quedarse con el culo pegado a la silla. Ni una palabra le dijo, se conoce que ya había gastado el cupo de reprimendas cuando le espetó “ven a la sillita de pensar” (y yo sin saber que las tenían en IKEA) cuando la desobedeció al quitarse las botas (y ni puñetero caso le hizo a la abuela, claro).

A la mañana siguiente, el papá llevó a los niños al cole. Dejó al mayor en su fila, y acompañó al mediano a la suya, la de los niños de tres años. Allí estaba, tranquilito y bien colocadito, hasta que uno de sus compañeros le atiza con la bolsa de la merienda en la cabeza. El mediano, que es de pocas palabras pero de reflejos rápidos, se la devuelve (allá van las galletas de dinosaurus hechas añicos). El papá sale de su sitio para mediar en el conflicto. El adulto responsable del niño agresor (en este caso, su abuela) no mueve ni un músculo. El papá se retira, pensando que la paz se ha instaurado. Iluso. Como si no conociera a su propio hijo: el mediano, un hombre de acción, no está satisfecho con las negociaciones, por lo que se dirige al niño y le salta –literalmente- a la yugular. Y el otro niño, que tampoco es manco, va y le propina un tirón de pelos (ay, los preciosos ricitos de mi niño). El papá que vuelve a intervenir. Y la abuela que vuelve a no hacer NADA, ni para reprender a su nieto, ni tampoco, cosa rara, para defenderlo.

¿Pero qué pasa con estas dos abuelas? ¿Qué pasa con el creciente número de adultos, tanto padres como abuelos, que no hacen NADA cuando sus hijos o nietos la montan? ¿Qué lumbrera dictaminó que no hay que darle importancia a las cosas que les suceden? ¿A qué imbécil se le ocurrió aquello de que no hay que intervenir en los conflictos de los hijos, que tienen que aprender a solucionar ellos solos sus problemas, que así maduran y se hacen autónomos? Me río yo de los padres que abogan por la “no intervención” cuando sus hijos son los que atizan, los que abusan o los que insultan; los mismos que –oh, casualidad- cuando sus hijos son los agredidos, los humillados o los ofendidos, intervienen, ¡y de qué forma!, con toda la mala leche y la mala educación del mundo.

Así que, a los padres comodones y egoístas que se escudan en el “son cosas de niños”: ¡moved el culo!
Y a aquellos que no podemos quedarnos quietos cuando les hacen algo a nuestros hijos, aún a riesgo de que nos tilden de “sobreprotectores” (uf, uno de los peores insultos para un padre): ¡bien hecho! ¡Seguiremos moviéndonos!

jueves, 27 de septiembre de 2012

QUIERO UNA CAPA DE INVISIBILIDAD

DE CÓMO A VECES ME DAN GANAS DE OLVIDAR AQUELLO DE "NO A LA VIOLENCIA", Y PREFERIRÍA SER COMO LOS SUPERHÉROES, SIN ESCRÚPULOS, SIN REMORDIMIENTOS, Y SIN LIMITACIONES


Imagen sacada de Google
La quiero para estar con mis niños en el colegio. 
Para seguir a mi hijo mediano a su clase, y comprobar si es cierto que deja de llorar cuando me marcho y le meten a rastras en su aula. Tengo que saber cómo calman su disgusto, y cuánto tiempo duran sus suspiros. Si le consuelan con cariño o si le ignoran hasta que se tranquiliza. Si le dejan tirado en el suelo, bañado en lágrimas y mocos, o intentan levantarle con amor y limpiarle con cuidado. Tengo que descubrir si hay silla de pensar, o silla negra, o cualquier otro tipo de asiento dañino, vergonzante y maligno; y en cuanto tenga ocasión, a la hoguera de San Juan con ella.


Pero confieso que la quiero también para usarla con fines perversos. Para convertirme en una superheroína, de esas que dialogan poco y reparten mucho. Una superheroína repartidora de collejas. 
Seguiría también a mi hijo mayor. Para darle una colleja (o dos) al niño que a veces le empuja y le molesta en la cola de la entrada, ante la mirada impasible de su madre (ya se sabe, "son cosas de niños, no hay que meterse, que lo resuelvan entre ellos"; por cierto, otro par de collejas para ella). Para darle dos (o tres) collejas a la listilla de turno (¿tiene que tener una al lado en cada curso?) que se burla de sus trabajos, y los tilda de "porquería" mientras auto-alaba los suyos (dos collejas más para los padres de la criatura, por no enseñarle a distinguir entre educación y sinceridad, y por confundir el fomento de la autoestima con la ausencia de humildad). Y tres collejas más para el "niño popular de la clase", tan ejemplar él que se dedica a descalificar a sus compañeros, a reírse de ellos y a insultarles (mega-colleja para sus padres, menos cartillas Rubio y más empatía, menos fútbol, y más educación).
Quiero esa capa. Y que incluya capacidad de vuelo, supervelocidad, e hiperdestreza collejil. La quiero. La necesito. Así que, por favor, Harry Potter, préstame la tuya.

P.S. Acepto también la de Frodo Bolsón.

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